Desde tiempos inmemoriales, los pueblos indígenas han sido testigos y víctimas de la humillación, la invasión y la violación sistemática de sus derechos ancestrales. La historia de estos pueblos está marcada por la colonización, el despojo y la imposición de formas de vida ajenas que han denigrado sus culturas, idiomas, religiones y derechos más fundamentales. Hoy, más que nunca, es necesario reflexionar sobre esta realidad y reafirmar el derecho de los pueblos indígenas a decidir sobre sus territorios, sus recursos y su futuro.
La negación de la autonomía indígena ha sido una constante en la historia de América Latina. Los Estados, muchas veces al servicio de intereses económicos y políticos, han desconocido los derechos ancestrales de estos pueblos, imponiendo una interpretación del territorio y la propiedad que beneficia a los poderosos. Esta lógica ha permitido el saqueo de recursos naturales, la explotación desmedida y la destrucción de ecosistemas vitales para la supervivencia de las comunidades indígenas y, en última instancia, de la humanidad.
En Panamá, esta realidad no es ajena. Recientemente, hemos visto cómo empresas multinacionales, como FIRST QUANTUM, han operado con el beneplácito de la administración estatal explotando recursos que pertenecen a todos los panameños y causando daños ambientales irreversibles. Estas acciones no solo atentan contra la naturaleza, sino también contra la vida y la cultura de los pueblos indígenas y campesinos quienes han sido guardianes ancestrales de estos territorios.
Hace unos días, las voces de los pueblos Ngäbe y Buglé se alzaron en rechazo a las decisiones que, de manera unilateral, algunos de sus representantes pretendían tomar, dejando a merced del Estado y de intereses extranjeros los recursos naturales de la Comarca Ngäbe-Buglé. Este hecho es una muestra más de cómo las decisiones sobre los territorios indígenas son tomadas sin consulta ni consentimiento de las comunidades afectadas, violando así su derecho a la autodeterminación.
Otro caso que llama a la reflexión es el de los hermanos Nazo, UN REY detenido sin los protocolos necesarios y sin el debido proceso. Se trata de una figura ancestral de sucesión hereditaria, cuyo tratamiento debería ser acorde a su estatus y relevancia cultural. Si a un presidente, magistrado o diputado se le debe seguir un proceso especial, ¿por qué no se respeta la dignidad de quienes representan a los pueblos indígenas? Esta situación evidencia la falta de reconocimiento y respeto hacia las instituciones ancestrales de estos pueblos.
Los hermanos Kunas, Emberá y Wounaan también han librado luchas constantes contra las invasiones desproporcionadas de sus territorios. Estas comunidades han sido víctimas de quienes, bajo el discurso de la "civilización", han despojado a los pueblos indígenas de sus tierras, argumentando que "la tierra es del gobierno". Sin embargo, los pueblos indígenas tienen derechos inmemoriales sobre sus territorios, derechos que están por encima de cualquier imposición estatal o interés económico.
Es hora de que los pueblos indígenas de Panamá y de toda América Latina reafirmen su derecho a decidir sobre sus asuntos. Estamos aquí desde antes de la creación de estos Estados, y nuestros derechos ancestrales no pueden seguir siendo ignorados. No necesitamos tutelaje ni representantes que decidan por nosotros. Es momento de revitalizar nuestras luchas, de fortalecer nuestras organizaciones y de defender con firmeza lo que nos pertenece por derecho propio.
La lucha indígena no es solo una lucha por la tierra; es una lucha por la dignidad, la cultura y la vida. Es un llamado a todos los pueblos indígenas a unirse, a hacerse escuchar y a reivindicar sus derechos. La historia nos ha enseñado que la resistencia es el camino, y que solo a través de la unidad y la convicción podremos garantizar un futuro en el que nuestras culturas y territorios sean respetados.
¡Es hora de sacar músculo y luchar por lo nuestro!
Por: ROBERTO AGUILAR GARCÍA
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