5 de diciembre de 2021

El 1% más rico del planeta lanza más CO2 que el 50% más pobre

 ·    Oxfam Intermón denuncia las grandes diferencias en las emisiones de carbono entre la población según su renta; calcula que los más ricos tendrían que reducir su consumo un 97% y propone subir impuestos al lujo en forma de yates o aviones privados, o incluso prohibirlo

Los yates de lujo, entre los principales emisores de CO2.

 

Daniel Sánchez Caballero

5 de noviembre de 2021

Las cifras cuentan la historia con claridad. De muchas maneras según la métrica elegida, pero la conclusión es siempre la misma: las personas más ricas del planeta –en emisión per cápita– cada vez liberan más CO2 en comparación con las más pobres, muy por encima de lo que les correspondería para no sobrepasar el aumento de temperatura acordado en París para el año 2100. La emisión de gases de efecto invernadero también entiende de desigualdad.

El mundo superará en solo 11 años el límite de emisiones de CO2 que marca una catástrofe medioambiental

El 1% de los ciudadanos más ricos era responsable del 15% del total de emisiones de gases de efecto invernadero en el año 2015, porcentaje que subirá hasta el 16% en 2030, según un informe de Oxfam Intermón realizado a partir de investigaciones del Institute for European Environmental Policy (IEEP) y el Stockholm Environment Institute (SEI). Si se sube el tamaño del grupo poblacional de los más ricos, la cantidad de C02 que emiten sigue estando sobredimensionada: el 10% más acaudalado de la población mundial emite casi la mitad de todos los gases de efecto invernadero (un 48% del total de gases, que será el 49% en 2030). Enfrente, al 50% más pobre del planeta le correspondían en 2015 el 7% de las emisiones, que serán un 9% dentro de nueve años.

"La extrema diferencia entre la huella de carbono esperada [en 2030] de una minoría de la población mundial y el nivel global medio necesario para cumplir el acuerdo de París no es sostenible", concluye el informe. "Mantener estos altos niveles de emisiones entre los ciudadanos más ricos implicará mayores recortes en las emisiones para el resto de la población o aboca al calentamiento global a superar el grado y medio sobre los niveles preindustriales. No hay otra alternativa", añade.

Las emisiones de carbono tendrían que reducirse un 52%

El informe está basado en los planes de emisiones que han presentado los propios países, y que divide el total de gases de efecto invernadero que emite cada nación entre su población, según su situación económica, "para demostrar que las emisiones son muy desiguales por grupos de riqueza", según explica Jacobo Ocharan, responsable global de Justicia Climática de Oxfam. El texto explica que el gasto de los más ricos se calcula en base a información pública sobre las casas, vehículos, aeronaves y yates que poseen y señala los "superyates" como los principales responsables de las emisiones (7.000 toneladas al año emiten uno solo), con los aviones privados, el turismo espacial (recientemente) e incluso sus inversiones de capital como añadidos. Entre los no tan ricos, el transporte es la principal fuente de emisiones.

El informe mete dentro del 1% a quien cobra más de 172.000 dólares al año; en el 10% más adinerado a los que están entre esa cantidad y 55.000 dólares anuales; la clase media (un 40% de la población mundial) cobra desde 54.999 hasta 9.800 dólares al año y el 50% de los más pobres no alcanzan esa cifra.

"Para nosotros es fundamental que los países reconozcan que sus planes nacionales no son suficientes", explica Ocharan. "La ONU les dice que nos vamos a 2,7º de calentamiento global en 2100 si no se tocan estos planes [lo acordado en París son 1,5º]. Nosotros añadimos que no solo no son suficientes sino injustos, porque se hacen con modelos que benefician al 10% más rico". Oxfam insta a los países a comprometerse con un programa a corto plazo que vaya en línea con el objetivo del grado y medio, y que lo hagan en base a la igualdad.

"Sin duda, es hora de que los gobiernos impongan impuestos más altos o directamente prohíban el consumo de lujos altamente intensivos en carbono, desde los todoterrenos a los yates, jets privados y el turismo espacial, que representan un gasto moralmente injustificado del escaso presupuesto de carbono restante en el mundo", proponen las organizaciones responsables del texto.

67,7 toneladas al año

Otra aproximación hacia la misma conclusión que expone Ocharan: si no se tocan los proyectos de emisiones que han realizado los países, el grupo del 1% más acaudalado emitirá en 2030 hasta 67,7 toneladas de C02 per cápita, 30 veces más de las 2,3 toneladas que les corresponderían –como a todo el mundo– para que la subida global de la temperatura en 2100 no supere el grado y medio, tal y como se acordó en París.

Leer más en: https://www.eldiarioar.com/sociedad/medio-ambiente/desigualdad-emisiones-carbono-1-rico-planeta-lanza-co2-50-pobre_1_8464966.html

8 de octubre de 2021

¡Ojalá! Esto perdure … En defensa de las semillas nativas

Geodisio Castillo

Sabemos que la agricultura es la principal fuente de alimentos para la obtención de energía y el adecuado desarrollo del ser humano. La pandemia Covid 19, puso en incertidumbre a las poblaciones del planeta, del cual el pueblo gunadule no escapó; de ahí, el agricultor se vio obligado a producir más alimentos para que la población continúe alimentándose diariamente.

Cultivos básicos: massunnad, mama y wagub. Foto: Archivo CENDAH/2021

Para conseguirlo, siendo clave para enfrentar la pandemia, la agricultura bajo el enfoque de incrementar su producción, para dar de comer a la gente, considera necesario aprovechar el ambiente, el suelo principalmente[1]. Así lo vimos, así lo vivimos, pero no el impacto que pueda haber generado en el ambiente. Entonces, la planificación y construir un sistema integral y sostenible a mediano plazo y responsable con el ambiente y la población son necesarios para asegurar la alimentación para el mañana.

En este último año, en tiempo de pandemia, en Gunayala se demostró solidaridad entre comunidades. ¡Ojalá! Esto perdure, porque siempre ha sido parte de nuestra forma de ser – anmar daed, nuestra cultura. La pandemia nos hizo rescatar este valor humano ancestral que se está perdiendo.

Muchas semillas fueron intercambiadas y fueron nativas y criollas (adaptadas), porque para el pueblo gunadule la semilla es salud, por lo tanto, es vida. Debemos considerarla como Patrimonio de la Humanidad. Vivimos de la agricultura de nainu familiar, es la existencia de la familia y por ende de la sociedad gunadule.

Por lo anterior, entonces, debemos conservar y seguir intercambiando las semillas nativas y criollas. Sin embargo, no podemos dejar de un lado las nativas por la criolla. Cosa que ocurre actualmente, cultivos como el gwalu (camote), no lo encontramos en los solares de nuestras chozas y mucho menos en los nainugan[2], frutas del bosque, como eslo (caminito), marya (guaba), ya pocos lo consumen o las traen cosechados para el hogar, y otros, por lo que hay que rescatarlos[3].

Guardar las semillas, protegerlas o conservarlas son acciones muy importantes porque con ello multiplicamos y defendemos la semilla. Con pandemia y sin pandemia debe la juventud continuar trabajando sus nainugan para incrementar la producción, tanto en la tierra con en el mar. Y a consumir cultivos nativos. Lo que no se quiere es que el gobierno y/o empresas interesadas en apoyar a la agricultura en Gunayala, venga e impongan cultivos transgénicos. Es el derecho del agricultor o del pueblo gunadule a producir e intercambiar libremente y solidariamente sus semillas nativas.

Los cultivos transgénicos (que ya habita en Gunayala), es el mayor riesgo al expandirse y remplace a las nativas y criollas. Una gran amenaza a la diversidad de semillas nativas y criollas, que están adaptadas a las condiciones del suelo y al clima de la Comarca. Y pensando en el mañana, si la invasión de colonos continua a nuestras tierras, sacando oro, talando llegaremos a quedar sin agua. Sin agua para la vida natural, nuestros hermanos los árboles, maderables, no maderables y medicinales, los animales, las plantas medicinales y para los nainugan para la producción alimentaria.

La pandemia Covid19 representa una oportunidad para innovar la agricultura de nainu familiar. Se generarán muchas innovaciones económicas, tecnológicas y sociales alrededor de la organización productiva, los servicios de apoyo y el mercado[4].

Es momento de iniciar los procesos de cambio, el cual la dirigencia de los congresos generales o la dirigencia de las comunidades del pueblo gunadule deben entender, utilizando las tecnologías para hacer diagnósticos rápidos y participativos de los proyectos que surjan en este nuevo escenario que ha dejado la pandemia. Al igual que el gobierno debe apoyar dichos cambios dentro de la realidad cultural del pueblo. Y no llegar imponiendo, sino dialogando.

Si la juventud martilla que hay que defender la biodiversidad y la soberanía alimentaria, los jóvenes agricultores gunadule lo están demostrando cultivando la tierra, revistiendo de verde a Ologwadule (madre tierra), para que ella continue amamantando a todo ser viviente[5]. Demostrando el valor que tiene el sistema alimentario de los pueblos indígenas. Las semillas son los elementos bases de la vida que generan la riqueza de la naturaleza y, a su vez, la identidad misma de nuestro pueblo – anmar daed.


21 de septiembre de 2021

Tendencias compartidas e interpretaciones contextuales para el desarrollo con identidad indígena

 September 14, 2021 Por Carmen Albertos - Diana Bocarejo Suescun Deja un comentario


¿Por qué los jóvenes indígenas de las ciudades no quieren trabajar?

En una conversación con empresarios de El Alto, una de las ciudades con mayor cantidad de migrantes campo-ciudad de origen indígena de Bolivia, estos manifestaban algunos comentarios que no contrataban jóvenes migrantes indígenas porque eran poco serios y desaparecían sin avisar para irse de fiesta a sus pueblos. Manuel Urquidi, especialista en mercado laborales del BID, no contento con esa explicación, quiso investigar un poco más. ¿Qué estaba pasando?

Lo que descubrimos

“En realidad, lo que descubrimos”, cuenta Manuel, “es que los jóvenes vuelven a sus comunidades en las ocasiones importantes (rituales, fiestas, épocas de cosecha) para mantener su relación y sus raíces, pero también para cumplir con sus obligaciones hacia la comunidad y porque si no vuelven, pierden sus derechos en la comunidad y los adquiridos por su familia, como la posibilidad de usar o poseer la parcela de sus padres y abuelos para la agricultura”.

En definitiva, los empleadores no entendían la relación de estos jóvenes indígenas con sus comunidades de origen y éstos, a su vez, no lograban explicar las responsabilidades que conlleva ser parte de su comunidad ni ajustarse a las expectativas de los empresarios.

Un proyecto para promover la inserción laboral de jóvenes indígenas

El BID y el BIDLAB realizaron un proyecto piloto que promovía la inserción laboral de jóvenes migrantes indígenas en empleos formales en la ciudad de El Alto incluyendo formación en interculturalidad y habilidades blandas tanto para los directivos de las empresas como para los jóvenes.

Los resultados fueron muy positivos: los jóvenes explicaron a sus empleadores las dinámicas propias de su cultura y sus responsabilidades entre el campo y la ciudad y éstos cambiaron su percepción y ajustaron los horarios para permitir a los jóvenes cumplir con sus obligaciones comunitarias.

Entendimiento real para mejores soluciones

Solo entendiendo las dinámicas socioculturales que explican y contextualizan las tendencias estadísticas, es posible plantear mejores preguntas y, así mismo, proponer mejores respuestas de intervención. Desde la Visión 2025 del BID ¨Reinvertir en las Américas¨ estamos trabajando en la adecuación sociocultural de las intervenciones y programas de desarrollo y queremos plantear estrategias cada vez más incluyentes y articuladas contextualmente. 

Próximamente, ¡descarga nuestra publicación y conoce más sobre el estudio!

El informe Brechas y desafíos socioeconómicas de los pueblos indígenas de América Latina: retos para el desarrollo con identidad, que será próximamente publicado, expone las brechas, pero además analiza algunos desafíos que surgen de los propios datos y de cómo éstos han sido construidos, y provee análisis cruzados intersectoriales. ¿Qué aprendimos?

1. El reto de la consistencia y comparabilidad de los datos

Sigue siendo un desafío contar con datos que nos permitan conocer el número exacto de población indígena ya que varios países, en particular del Caribe, no han incluido variables de auto-reconocimiento étnico en sus censos. Es el caso de Bahamas, Barbados, República Dominicana, Granada, Haití, Jamaica, Surinam y Guayana Francesa. Mas aún, las mediciones sobre la población indígena no son fácilmente comparables a lo largo del tiempo en un mismo país, y las maneras de clasificar y de censar a los pueblos indígenas también son diversas entre países. En los últimos años se ha reportado la existencia de muchos más pueblos indígenas en aislamiento voluntario y contacto inicial (PIACI) y, aunque se desconoce el tamaño de su población, se estima que solamente en la Amazonía podrían habitar entre 70 (RAISG, 2018) y 200 pueblos PIACI (OTCA, 2018), cada uno portador de elementos culturales propios y únicos.

2. Desigualdad y contextualización de los indicadores de bienestar 

Un hallazgo, que desafortunadamente no sorprende, es que persisten grandes desigualdades económicas entre las personas indígenas y no indígenas. Las personas indígenas que viven en zonas urbanas suelen habitar en barrios marginales y de extrema pobreza, con mayor exposición a distintos riesgos de salud, violencia y desastres naturales.

Las comparaciones entre indígenas en el campo y la ciudad son complejas y requieren analizar no sólo ingresos sino ahondar en cómo se entienden y valoran algunas de las mediciones sobre brechas y sus implicaciones. Por ejemplo, en promedio, para 12 países de la región, el 35% de los hogares indígenas rurales se encuentran hacinados, 15 puntos porcentuales más que los hogares indígenas urbanos. Estos datos se basan en un concepto de hacimiento que puede ser ajeno a las formas sociales y de convivencia de los pueblos originarios rurales. Este ejemplo nos alienta a reflexionar sobre la necesidad de repensar y adecuar los indicadores de bienestar y su interpretación para asegurar que se articulen con las formas sociales y de manejo del territorio, así como con los distintos usos y prácticas que tienen los pueblos indígenas en la región.

3. Economías indígenas: entre la soberanía alimentaria y la articulación con los mercados

Las economías indígenas tienden a ser multimodales compuestas por la articulación, en mayor o menor medida, entre una economía tradicional indígena orientada a la seguridad alimentaria y una economía de mercado. En Colombia cerca del 48,1% de las unidades productivas agropecuarias en territorios indígenas tienen como finalidad el autoconsumo y el 9,6% destinan su producción al intercambio o trueque (DANE, 2014). En Perú el 47% de la agricultura familiar ¨de subsistencia¨ es desarrollada por productores cuya lengua materna es una lengua indígena (Escobal et. al, 2015). Sin embargo, algunos pueblos comercializan parte de su producción y buscan mejorar su acceso a diversos mercados locales e internacionales.

Tener claridad de estas diferenciaciones, además de las maneras en que estas economías están insertas en acuerdos de acceso y manejo del territorio, de reciprocidad y redistribución, es una tarea clave para entender el alcance y las posibilidades de articulación con nuevas iniciativas y políticas públicas frente al empleo verde y la bioeconomía.

4. Uso y manejo del territorio y conservación ambiental

Muchos de los pueblos indígenas de la región habitan en zonas altamente biodiversas, donde han consolidado formas tradicionales de representación, uso y manejo de la naturaleza. En América Latina la mayoría de las áreas protegidas y ecosistemas estratégicos coinciden con territorios indígenas. Sin embargo, el manejo de los recursos naturales por parte de los pueblos indígenas no siempre ocurre en espacios titulados o que se encuentran dentro de áreas protegidas. Además, son escasas las iniciativas de co-manejo oficiales o reconocimiento de derechos de propiedad, y el reto está precisamente en entender y fomentar aquellas estrategias de uso cultural sobre el manejo del territorio, el papel de las mujeres indígenas en el mismo y las múltiples presiones que afrontan dichos territorios frente al cambio climático, los desastres naturales, las actividades ilícitas y los proyectos de crecimiento económico poco incluyentes e insostenibles, social y ambientalmente.

Mirando hacia adelante

Estas y otras reflexiones son las que permiten entender cómo a pesar de las muchas brechas y tendencias estadísticas sobre los pueblos indígenas es fundamental interpretarlos de manera contextualizada. Gracias a estos planteamientos, los jóvenes indígenas de El Alto y sus empleadores lograron llegar a entenderse ajustando la inserción laboral y superando prejuicios.

Fuente: https://blogs.iadb.org/igualdad/es/tendencias-y-contexto-para-el-desarrollo-con-identidad/

7 de septiembre de 2021

Territorios indígenas, gran escudo contra la deforestación



Los territorios indígenas, por su ubicación geográfica, están en mejores condiciones de reducir las probabilidades de deforestación. Crédito de la imagen: Serfor Perú, imagen en el dominio público.

De un vistazo

  • Territorios indígenas y áreas protegidas resguardan bosques tropicales de degradación y deforestación
  • Nueva metodología clarifica aportes de pueblos indígenas en reducción de emisiones netas de carbono
  • Esos pueblos deben ser receptores de los beneficios del Fondo Verde para el Clima

Por: Pablo Correa  

Los territorios indígenas y las áreas protegidas representan un escudo contra la deforestación y la degradación de los bosques tropicales. Sin embargo, existen diferencias en su efectividad dependiendo de los contextos nacionales y locales. De ahí la importancia de llevar a cabo análisis cada vez más precisos a la hora de evaluar su rol dentro del Acuerdo de París y la lucha contra el cambio climático.

Estos son los tres principales hallazgos a los que llegó un equipo internacional de investigadores que forman parte o colaboran con la Red Amazónica de Información Socioambiental Georeferenciada (RAISG) y que apelaron a una nueva metodología para procesar datos de reservas de carbono de 2003 a 2016 en Panamá y países de la cuenca amazónica.

“El uso indígena de la tierra en los bosques neotropicales puede tener un impacto temporal y espacialmente estable sobre las reservas de carbono. Por lo tanto, los pueblos indígenas deben convertirse en receptores de los pagos por resultados de los países”, señalaron los autores del estudio publicado en la Revista Plos One.

En otras palabras, los pueblos indígenas hacen un aporte directo a las Contribuciones Determinadas a Nivel Nacional en el marco del Acuerdo de París y, por lo tanto, deben convertirse en receptores de los beneficios del Fondo Verde para el Clima (GCF por sus siglas en inglés).

Con una nueva metodología que combina datos temporales de reservas de carbono con variables geográficas, un equipo internacional reafirmó la importancia de territorios indígenas y áreas protegidas en la conservación de bosques tropicales. Crédito de la imagen: Global Forest Watch

En el caso de Brasil esto significa US$ 96,5 millones en un primer pago próximo a ejecutarse por el GCF. Para Ecuador la cifra ronda los US$ 18,6 millones.

Hasta ahora, la mayor parte de investigaciones de este tipo se habían basado en análisis de pareamiento (en inglés, ‘Matching Analysis’), que permite identificar segmentos espacialmente similares a lo largo de un área.

Con este análisis se puede controlar el efecto de variables que causan deforestación, como la distancia a carreteras, y así determinar el efecto de diferentes tenencias de tierra y formas de gobernanza en la conservación. El principal insumo en estas evaluaciones lo constituyen los datos de cobertura boscosa.

Sin embargo, el grupo asociado a RAISG decidió combinar esta misma metodología pero reemplazando cobertura boscosa por datos de reservas de carbono, por considerar que no solo dan cuenta de la deforestación sino también de la degradación de la tierra.

Además, controlaron parámetros asociados a la presión por deforestación y degradación y analizaron cómo variaban las reservas de carbono desde los límites hacia el corazón de las áreas protegidas, los territorios indígenas e incluso de áreas que se superponen entre ellos. Todo esto dentro de una serie de tiempo de 13 años. 

Panamá y las porciones de la cuenca del Amazonas de Colombia, Ecuador, Perú y Brasil que hicieron parte del análisis. La tenencia de la tierra se clasificó en Áreas Protegidas (verde), Territorios Indígenas (naranja), Áreas de superposición (amarillo) y Otras Tierras (gris). Crédito: Imagen tomada del artículo publicado en Plos One.

“Las áreas protegidas y los territorios indígenas tienden a ubicarse en pendientes más pronunciadas y mayores distancias a carreteras y ciudades que las tierras desprotegidas, lo que reduce las probabilidades de deforestación de antemano”, comentó vía telefónica a SciDev.Net el colombiano Camilo Alejo Monroy, autor principal del trabajo y vinculado al departamento de Biología de la Universidad de MacGill en Canadá.

Y explicó que al llevar a cabo comparaciones que dejan por fuera este tipo de variables se distorsiona el verdadero efecto de estos territorios en la reducción de emisiones de carbono por deforestación y degradación del bosque.

Uno de los hallazgos más interesantes, en opinión de Alejo, es que cuando se analiza la distribución de las reservas o “stocks” de carbono en esos territorios, el carbono no sólo es más alto en los límites con áreas que no tienen la misma tenencia de tierra, sino que estas reservas van aumentando a medida que uno se adentra en ellas.

“Las áreas protegidas y los territorios indígenas tienden a ubicarse en pendientes más pronunciadas y mayores distancias a carreteras y ciudades que las tierras desprotegidas, lo que reduce las probabilidades de deforestación de antemano”.

Camilo Alejo Monroy, Universidad de MacGill, Canadá.

Pablo Negret, investigador del Centro de Ciencias de la Biodiversidad y la Conservación de la Universidad de Queensland, quien no participó de la investigación, comentó a SciDev.Net vía correo electrónico, que el trabajo de sus colegas es muy innovador.

Dijo que resulta “particularmente interesante poder ver que aun cuando en casi todos los casos los tres diferentes tipos de áreas (áreas protegidas, territorios indígenas y áreas de superposición) son efectivos previniendo la pérdida de carbono, la variabilidad entre países es bastante grande entre las tres clases de áreas analizadas”.

Por ejemplo, en Brasil las áreas de superposición son las más efectivas reteniendo carbono, mientras que en Colombia son efectivas las áreas protegidas y los territorios indígenas, pero no tanto en los casos que están superpuestos.

“Estos resultados son importantes y toca hacer análisis más detallados a nivel de país para entender porque se dan estas diferencias”, apuntó.

La pérdida de bosques tropicales representa actualmente el 8 por ciento de las emisiones anuales de dióxido de carbono del mundo. Si la deforestación tropical fuera un país, sería el tercer mayor emisor a nivel mundial.

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El Panel Intergubernamental de Cambio Climático concluyó que “reducir las tasas de deforestación y degradación forestal representa una de las opciones más eficaces y sólidas para la mitigación del cambio climático, con grandes beneficios de mitigación a nivel mundial”.

Perfeccionar las metodologías, como la propuesta por los investigadores, permitirá entender mucho mejor las contradicciones que históricamente han aflorado con políticas de conservación de bosques tropicales.

Por ejemplo, desde 1990, América del Sur y América Central han triplicado el área de áreas protegidas y, al mismo tiempo, han perdido el 10 y el 25 por ciento respectivamente de la cubierta forestal.

Este fenómeno se replica en territorios indígenas, que constituyen un 30 por ciento de las reservas de carbono sobre el suelo de los bosques de la cuenca del Amazonas.

Para los autores, este trabajo demuestra con claridad el rol que ejercen los territorios indígenas en la protección del bosque tropical y su aporte a la reducción de las emisiones netas de carbono.

Enlace al estudio completo en Plos One

Fuente: https://www.scidev.net/america-latina/news/territorios-indigenas-gran-escudo-contra-la-deforestacion/