Geodisio Castillo
Banderas
del pueblo gunadule y de la rebelión ondean, Gagirgordub. Foto: Gubiler, 2025
La historia de los pueblos indígenas en Abiayala
(América Latina y el Caribe) está marcada por la resistencia y resiliencia. En
Panamá, esa resistencia tomó forma en la Revolución Dule de 1925, cuando
el pueblo gunadule se levantó contra la imposición cultural y política del
Estado-nación. Aquel grito de dignidad no fue un episodio aislado, sino el
inicio de un camino que aún hoy sigue marcando la vida en la comarca Gunayala.
Un siglo después, la pregunta inevitable es:
¿qué ha pasado en Gunayala? ¿Hemos avanzado o seguimos atrapados en las mismas
tensiones? La respuesta no es simple. Gunayala es un territorio de fortalezas
culturales y políticas, pero también de debilidades que reflejan la influencia
occidental y los retos de la “modernidad”. Este ensayo busca reflexionar sobre
ese legado, sobre lo que hemos ganado y lo que aún nos falta, y sobre cómo
podemos transformar la memoria en motor del mañana.
La Revolución Dule: un grito de dignidad
La Revolución Dule fue más que un
levantamiento armado. Fue la afirmación de un pueblo que se negó a desaparecer.
En los años 20, el gobierno panameño intentó prohibir las prácticas culturales
gunadule: las molas, las ceremonias, el dulegaya. La respuesta fue contundente:
entre el 21 y el 27 de febrero de 1925, los gunadule se rebelaron, proclamaron
la República Tule y lograron negociar el respeto a su autonomía.
Ese momento histórico consolidó la identidad
gunadule como una fuerza política y cultural. La Revolución Dule no solo
defendió la tradición, sino que abrió el camino para la creación de la Comarca
Gunayala, reconocida oficialmente en 1938. Fue, en palabras de muchos líderes,
“la semilla de la autonomía indígena en Panamá”.
Gunayala hoy: luces y sombras
En nuestra comarca, Gunayala, seguimos
caminando con la memoria de nuestros abuelos y abuelas, con la fuerza de la
Revolución Dule que nos enseñó a defender lo que somos. Hoy, después de tantos
años, podemos mirar con orgullo algunas luces que nos acompañan, pero también
reconocer las sombras que nos retan.
Las luces que nos sostienen
Nuestra autonomía política es una de
las mayores riquezas. No dependemos de otros para decidir cómo queremos vivir.
Los congresos locales y el Congreso General son espacios donde la palabra se
comparte, donde las decisiones se toman colectivamente, como lo hicieron
nuestros mayores. Esa forma de gobernarnos es única en la región y nos recuerda
que la unidad es nuestra fuerza.
También hemos aprendido a hablar de bioculturalidad
como herramienta política, un concepto que para nosotros no es teoría, sino
práctica diaria. Significa que defender la tierra, los bosques y el mar es
también defender nuestra cultura, nuestro idioma, nuestras molas y nuestras
ceremonias. Así, Gunayala se sostiene como territorio autónomo y se hace
escuchar en debates globales sobre ambiente y derechos indígenas.
Nuestra identidad cultural sigue viva.
El dulegaya se escucha en las casas, en los cantos y en las ceremonias. Las
molas, con sus colores y formas, cuentan historias que no se olvidan. Las
prácticas espirituales nos conectan con la naturaleza y con los espíritus que
nos guían. Todo esto se transmite de generación en generación, como un fuego
que no se apaga.
El territorio protegido es otra de
nuestras fortalezas. Mientras en otros lugares los bosques desaparecen, en
Gunayala aún se conservan. Somos una Comarca de la Biosfera, y eso no es
casualidad: es fruto de nuestra forma de vivir, de respetar la tierra como
madre.
Por todo esto, nuestra resistencia se ha
convertido en un ejemplo regional. Otros pueblos indígenas en Abiayala
miran hacia Gunayala y encuentran inspiración en nuestra lucha, en nuestra
manera de mantener la dignidad frente a las presiones externas.
Las sombras que nos desafían
Pero también sabemos que no todo es luz.
Nuestra economía es limitada. Dependemos mucho del turismo y de las
artesanías, y eso nos hace vulnerables. Falta diversificación, falta pensar en
nuevas formas de producir sin perder nuestra esencia.
La influencia occidental es otra
sombra. Nuestros jóvenes viven entre dos mundos: el de la tradición y el de la
modernidad. A veces, el dulegaya se va perdiendo, y con él se van costumbres
que nos sostienen. Es un reto grande mantener viva la cultura en medio de
tantas presiones externas.
En educación y salud todavía hay
brechas. No siempre tenemos acceso a los mismos servicios que el resto del
país, y eso genera desigualdad. Nuestros niños y niñas merecen escuelas con
recursos, nuestros enfermos merecen atención digna.
Duleina, nuestra propia medicina botánica, sigue presente en la vida de las
comunidades, pero muchas veces no se le da el valor que merece. El conocimiento
ancestral que guardan nuestros sabios y sabias es profundo, y, sin embargo, se
mira con poca importancia frente a lo que viene de afuera. Existe la Ley 17,
que habla de la protección de la medicina indígena, pero en la práctica casi no
se aplica. Aun así, el Congreso General de la Cultura Guna hace su esfuerzo por
fortalecer Duleina, recordándonos que en esas plantas y saberes está la salud y
la memoria de nuestro pueblo.
El sistema de producción agroforestal de
nainu familiar todavía se mantiene, pero sus prácticas poco a poco se van
olvidando. Desde siempre ha sido la base que alimenta a la población gunadule,
y es también un ejemplo claro de solución climática verdadera, distinta de esas
falsas soluciones que muchas veces se nos quieren imponer desde afuera. El
nainu es más que producción: es relación con la tierra, con los árboles, con el
agua, con la vida misma.
La crisis climática nos golpea fuerte.
El mar está subiendo y amenaza nuestras islas. Algunas comunidades ya piensan
en reubicarse, y eso duele, porque dejar la isla es dejar parte de la historia,
parte de la memoria que nos sostiene. Pero si tenemos que movernos, esas reubicaciones
deben hacerse desde nuestra propia realidad, preguntándonos juntos cómo
queremos vivir, sin olvidarnos de nuestra cultura, sin perder lo que nos hace
ser gunadule. El proceso
es complejo y costoso, y traerá problemas sociales, culturales, económicos y
ambientales; por lo que debe reflejar una conciencia ambiental profunda que
forme parte de la cosmovisión gunadule.
Reflexión comunitaria
Así es Gunayala hoy: un territorio de luces y
sombras. Tenemos fortalezas que nos llenan de orgullo, pero también debilidades
que nos llaman a la acción. La tarea es seguir caminando juntos, fortaleciendo
lo que nos sostiene y enfrentando lo que nos amenaza. Porque la dignidad que
defendieron nuestros abuelos en la Revolución Dule no puede quedarse en el
pasado: debe ser la guía para nuestro presente y nuestro futuro.
Reflexión: ¿hemos avanzado?
La respuesta es doble. Sí, hemos avanzado en
autonomía y preservación cultural. Gunayala sigue siendo un territorio donde la
dignidad indígena se defiende con fuerza. Pero no hemos avanzado lo suficiente
en desarrollo económico, infraestructura y adaptación climática.
La paradoja es evidente: pregonamos nuestra
identidad, pero la globalización erosiona prácticas ancestrales. Defendemos
nuestro territorio, pero el mar avanza sobre nuestras islas. Celebramos nuestra
cultura, pero los jóvenes se sienten atraídos por modelos occidentales que a
veces desprecian lo propio.
Caminos de mejora
1.
Fortalecer
la educación bilingüe: Integrar
saberes ancestrales con conocimientos "modernos" para que los jóvenes valoren
su cultura sin quedar rezagados.
2.
Diversificar
la economía: Promover
proyectos sostenibles como agricultura ecológica, o la agroforestería de nainu
familiar, turismo comunitario, pesca artesanal y energías limpias.
3.
Defensa
ambiental activa: Convertir
la lucha contra la crisis climática en bandera internacional, buscando apoyo
global.
4.
Revalorar dulegaya: Incentivar su uso en medios, escuelas y
espacios públicos.
5.
Unidad
intergeneracional: Crear
puentes entre mayores y jóvenes para que la transmisión cultural sea más fuerte
que la influencia externa.
Conclusión: memoria como motor del mañana
La Revolución Dule fue un grito de dignidad.
Hoy, ese grito debe transformarse en acción renovada. Gunayala no solo recuerda
su historia, la vive cada día. El desafío es que la memoria no se convierta en
nostalgia, sino en motor del mañana.
El pueblo gunadule tiene la oportunidad de
demostrar que la autonomía indígena es compatible con el desarrollo, que los conocimientos ancestrales pueden dialogar con la modernidad sin perder esencia,
y que la dignidad cultural puede ser la base de un desarrollo endógeno sostenible.
A cien años de la Revolución Dule, Gunayala
sigue siendo un territorio de resistencia y esperanza. La pregunta no es si
hemos avanzado, sino cómo queremos avanzar. La respuesta está en nuestras
manos, en nuestra memoria y en nuestra capacidad de transformar la herencia de
nuestros ancestros en un proyecto de vida para las generaciones futuras.