Geodisio Castillo
La estopa como envoltura áspera que protege lo
valioso – el ogob.. Foto: Gubiler, 08/26
Sobre
el ogob (Cocos nucifera) como cultivo en Gunayala ya se ha
escrito ampliamente. Sin embargo, hablar del ogob es hablar
de mucho más que de una planta o de un producto comercial. Para el pueblo
Gunadule, el ogob forma parte de la historia, de la alimentación, de las
relaciones de intercambio y de la economía familiar y comunitaria. Su presencia
en las islas y comunidades de Gunayala está ligada a una forma propia de
relacionarse con la tierra, el mar, el trabajo y los demás pueblos.
El ogob,
considerado el árbol de los cien usos porque tiene significativas
aplicaciones en el campo de la medicina, carpintería, agricultura y destilería.
Por tanto, defender y conservar las prácticas culturales del coco (ogob)
resulta imprescindible para la resiliencia formativa de las comunidades.
La
población Gunadule contemporánea participa cada vez más en los diferentes
ámbitos de la vida nacional. No obstante, muchos de los modelos de
desarrollo impulsados desde afuera continúan sin responder
plenamente a sus necesidades, intereses y aspiraciones. Las políticas
nacionales todavía arrastran visiones del pasado que consideran a los pueblos
indígenas como sociedades dependientes de la asistencia estatal y no como
pueblos con conocimientos, capacidades y alternativas propias.
El Estado nación tiene la
obligación de garantizar los derechos de los pueblos indígenas y
asignar los recursos necesarios para el desarrollo de sus territorios. Pero
esto no significa sustituir las capacidades locales ni imponer modelos
externos. Significa crear condiciones para que cada pueblo pueda fortalecer sus
propias formas de organización, producción, intercambio y toma de decisiones.
El
intercambio como práctica de reciprocidad
Antes
de la expansión de la economía monetaria, los pueblos de Abiayala desarrollaron
diversas formas de intercambio de bienes y servicios. El trueque permitía
obtener aquello que una familia o comunidad necesitaba mediante el intercambio
directo de productos, trabajo y conocimientos. Más que una simple transacción
económica, este sistema se sustentaba en la reciprocidad, la confianza, las
relaciones sociales y como parte de la memoria social de los
pueblos indígenas.
Estas
formas de intercambio nos recuerdan que la economía no siempre ha dependido del
dinero. Los pueblos indígenas han construido, a lo largo de generaciones,
sistemas económicos vinculados con la naturaleza, la alimentación, el trabajo
colectivo y la solidaridad. En ese sentido, los conocimientos ancestrales han
contribuido también a la seguridad alimentaria y a la conservación de la
biodiversidad de Abiayala.
Muchos
de los alimentos (Zizumbo y Colunga, 2008) que hoy consume la humanidad tienen
su origen en los conocimientos y prácticas desarrollados por los pueblos
indígenas durante siglos. Reconocer esta contribución significa valorar no
solamente los productos que llegaron hasta nuestros días, sino también los
conocimientos que permitieron cultivarlos, conservarlos, transformarlos y
compartirlos.
El ogob
en la vida Gunadule: más que un producto comercial
En
Gunayala, el ogob es mucho más que un fruto o un alimento: es historia,
soberanía, trabajo y vida. Durante generaciones, el cocotero ocupó un lugar
central en la economía familiar y comunitaria del pueblo Gunadule. Su
importancia no se limitó a la producción para el mercado externo; el ogob
también cumplió una función como medio de intercambio dentro de la propia
Comarca.
Durante
buena parte de la historia reciente de Gunayala, las familias producían coco y
lo utilizaban para obtener mercancías que no se producían en las comunidades.
El intercambio con comerciantes colombianos permitía adquirir alimentos secos y
otros productos necesarios para la vida cotidiana. De esta manera, el ogob
conectaba la producción local con las necesidades de las familias y
comunidades.
Pero
su función económica no terminaba en el intercambio con Colombia. Dentro de las
propias comunidades de Gunayala, el coco también podía utilizarse para adquirir
mercancías en las tiendas comerciales. Una familia podía llevar su producción
de ogob y utilizarla para obtener alimentos, artículos de uso cotidiano
y otros bienes necesarios. Así, el coco circulaba entre productores y
comerciantes locales y funcionaba, en la práctica, como un medio de intercambio
reconocido socialmente.
Por
ello, cuando hablamos del ogob como una “moneda ancestral”, no estamos
diciendo que fuera una moneda oficial emitida por una autoridad, como ocurre
con el dinero moderno. La expresión busca reconocer su función histórica como “medio
de intercambio y medida práctica de valor dentro de las relaciones económicas
Gunadule”. Su valor estaba sustentado en algo concreto: el trabajo de las
familias, la producción de la tierra y la posibilidad de transformarlo en
bienes necesarios para la vida (Ohler, 1986).
El ogob
establecía así un vínculo entre tres espacios económicos: “la producción
familiar, el comercio interno de las comunidades y el intercambio con Colombia”.
El productor obtenía coco de su nainu (parcela); el comerciante local
podía recibirlo a cambio de mercancías; y, a su vez, el coco podía salir de
Gunayala para intercambiarse por productos provenientes de Colombia. De esta
manera, el ogob circulaba y contribuía a sostener una economía local
basada en la producción, el intercambio y la reciprocidad.
Esta
dinámica explica por qué la disminución de la producción de coco no representa
solamente la pérdida de un cultivo comercial. También significa el
debilitamiento de un mecanismo económico que durante generaciones permitió a
las familias Gunadule convertir su trabajo y su producción en bienes necesarios
para la vida cotidiana.
Castillo
y Beer (1983) ya señalaban la importancia económica del coco para Gunayala. Sin
embargo, su verdadero significado puede comprenderse mejor cuando se observa
desde la experiencia de las propias comunidades: el ogob era alimento,
mercancía, ingreso, medio de intercambio y una forma de convertir el trabajo
familiar en bienestar.
En
este sentido, recuperar el ogob no significa únicamente aumentar la
cantidad de cocos producidos. Significa también recuperar una parte de la
capacidad económica de las familias y comunidades, fortalecer los intercambios
locales y reconstruir alternativas propias frente a una economía cada vez más
dependiente de los mercados externos.
Sin
embargo, durante las últimas décadas la producción de coco ha disminuido
considerablemente. Entre
las causas se encuentran problemas fitopatológicos, el envejecimiento
de las plantaciones y otros factores relacionados con el manejo del cultivo. A
estas condiciones se suma una transformación importante de la organización
social Gunadule: el tránsito de la familia extensa hacia grupos familiares más
pequeños.
Esta
transformación tiene consecuencias en la producción. Cuando disminuyen las
unidades familiares y, con ellas, la disponibilidad de mano de obra, también
disminuye la capacidad para mantener y atender las plantaciones. Un cultivo que
antes podía ser sostenido por una familia extensa requiere ahora nuevas formas
de organización del trabajo.
Por
otra parte, la dependencia del mercado colombiano ha condicionado durante años
la economía del coco. El precio, la demanda, los costos de transporte y las
condiciones del intercambio tienen una influencia directa sobre los ingresos de
las familias productoras. Así, un cultivo que históricamente contribuyó a la
economía de Gunayala se encuentra hoy frente al desafío de recuperar su
capacidad productiva y, al mismo tiempo, reducir las condiciones de dependencia
que se han generado alrededor de su comercialización.
Entre
Gunayala y Colombia: una relación que necesita equilibrio
El
intercambio de ogob entre Gunayala y Colombia continúa siendo una
actividad importante para varias comunidades. Sin embargo, las condiciones en
que se realiza el comercio han generado preocupaciones entre las autoridades y
las comunidades Gunadule.
En
determinados momentos, las medidas fiscales y las restricciones aplicadas a las
embarcaciones colombianas que participan en el intercambio de coco por
alimentos secos han dificultado el abastecimiento de algunas comunidades,
particularmente aquellas ubicadas en el sector oriental de Gunayala. Estas
dificultades muestran hasta qué punto la economía local depende de un sistema
de intercambio que ha funcionado durante décadas y que responde a necesidades
concretas de las comunidades.
Por
esta razón, el comercio entre Gunayala y Colombia no debe ser visto únicamente
como una operación comercial. Es también una relación histórica que sostiene
parte de la alimentación y de la economía de las comunidades. Las
autoridades Gunadule han buscado mecanismos de diálogo y
negociación para encontrar soluciones que permitan mantener este intercambio de
manera ordenada, justa y beneficiosa para las partes.
El
papel de Onmaggeddummad es fundamental en este proceso, porque permite
abordar colectivamente asuntos que afectan la vida económica y social de las
comunidades y buscar acuerdos que respondan a las necesidades del territorio.
Recuperar
capacidades propias
El
futuro del ogob no puede depender únicamente de cuánto se pague por un
coco en el mercado. Recuperar su importancia económica requiere fortalecer el
cultivo, renovar las plantaciones, recuperar conocimientos, incorporar nuevos
aprendizajes y organizar mejor el trabajo familiar y comunitario.
El
manejo del cocotero necesita articular el conocimiento Gunadule con aquellos
conocimientos técnicos que puedan ser útiles para enfrentar los problemas
actuales. No se trata de sustituir un conocimiento por otro, sino de dialogar,
adaptar e innovar desde las condiciones propias de Gunayala.
Esto
implica pensar en alternativas de producción y comercialización que permitan
que una mayor parte del valor generado por el ogob permanezca en las
comunidades. También implica fortalecer la organización local, mejorar el
manejo de las plantaciones y recuperar la capacidad de decisión sobre la
producción y el intercambio.
En
este sentido, la discusión sobre el ogob se relaciona directamente con
una pregunta más amplia: ¿qué tipo de desarrollo queremos para Gunayala?
La
respuesta no puede limitarse a reproducir modelos diseñados desde afuera. Necesitamos pensar en un
desarrollo construido desde adentro, desde las comunidades y
desde sus propias capacidades; un desarrollo endógeno que reconozca la
pluralidad cultural de los Estados nación y el derecho de los pueblos a decidir
sobre sus propios caminos (Bartolomé, 2006).
Esto
significa potenciar las alternativas locales y fortalecer las decisiones que
nacen de las comunidades, tomando distancia de los modelos impuestos desde
arriba. Pero también significa reconocer que las relaciones entre culturas y
sociedades no son siempre armónicas. Son procesos permanentes de diálogo,
negociación y, en ocasiones, de conflicto, en los que los pueblos indígenas han
debido defender su existencia, sus territorios y sus formas de vida (Bartolomé,
2006).
Por
eso, recuperar el valor del ogob no significa simplemente aumentar la
producción. Significa recuperar una parte de la capacidad económica y social de
las comunidades. Significa reconocer que detrás de cada cocotero existen
conocimientos, trabajo familiar, relaciones de intercambio y una historia que
continúa viva.
El ogob
puede volver a ser una fuente importante de economía para Gunayala, pero su
verdadero valor está en que nos recuerda que la economía de un pueblo no se
construye solamente con dinero: también se construye con territorio,
conocimiento, reciprocidad, trabajo y capacidad de decidir sobre el propio
futuro.
Referencias:
Bartolomé, M.A.
2006. Procesos interculturales: antropología política del pluralismo cultural en
América Latina. México: Siglo XXI Editores. 368 p.
Castillo, G. y Beer,
J. 1983. Utilización del bosque y de sistemas agroforestales en la Región
Gardi, Kuna Yala (San Blas). Turrialba, Costa Rica: UNU/CATIE. 55 p. +
Apéndices
Ohler, J.G., 1986. El cocotero, árbol de vida. FAO,
Roma. 347 p. Estudios FAO: Producción y Protección Vegetal 57
Zizumbo Villarreal, D., Colunga G. M., P. 2008. El origen de la agricultura, la domesticación
de plantas y el establecimiento de corredores biológico-culturales en
Mesoamérica. Revista de Geografía Agrícola, Núm. 41, julio-diciembre.
Universidad Autónoma Chapingo, México. pp. 85-113