Nuestra Madre Tierra, Nana Ologwadule, surgió vigorosa y tierna. “De su seno derramó la corriente de las aguas que, al correr, emitieron un quejido profundo desde sus entrañas. En su corteza brotaron semillas y cepas, vistiendo su cuerpo de un verdor infinito, poblado por árboles robustos y colores vibrantes”[1]. Por esta entrega de vida, la reconocemos y honramos como nuestra Madre - Nana.
Ella es la protectora y defensora de todo lo que se mece, se mueve, vive y reposa sobre su piel. Por ello, celebrar el día de Nana Ologwadule este 2026 no es un acto vacío; es un llamado urgente a la acción para personas, comunidades y naciones. Hoy más que nunca, la cooperación global y el sentir local deben unirse para resguardar nuestro único hogar.
Un compromiso
global por la vida
El 22 de abril, conocido internacionalmente como el Día de la Tierra, nos recuerda que la vida es el tesoro más grande. Ninguna ambición económica o proyecto humano puede estar por encima de la salud de la biósfera. Bajo el lema “Nuestro poder, nuestro planeta”, este año reafirmamos la urgencia de proteger la biodiversidad y transitar hacia energías limpias que respeten los ciclos naturales.
Esta fecha busca despertar la conciencia sobre el impacto del modelo industrial y la sobreexplotación de recursos. No se trata solo de un concepto científico; el cambio climático es una realidad que hemos provocado y que hoy nos exige respuestas inmediatas. El día de Nabgwana o Nana Ologwadule es, en esencia, una invitación a reflexionar sobre las heridas que hemos causado al planeta y el compromiso sagrado que debemos asumir para sanarlas.
De la conciencia
a la transformación
Aunque esta conmemoración fue oficializada por las Naciones Unidas en 2009, su raíz es el clamor de los pueblos que, desde hace décadas, defienden el equilibrio ambiental. Hoy, en más de 150 países, este día se traduce en educación y lucha frente al deterioro de los océanos, la pérdida de especies y el consumo desmedido que agota la vida.
La ciencia es clara: la crisis ambiental ya no es una amenaza futura, sino una realidad que afecta nuestra salud y territorio.
Necesitamos transformar profundamente nuestra
forma de habitar el mundo. Más allá de gestos simbólicos anuales, el reto es
cambiar nuestras decisiones cotidianas:
- Reducir el desperdicio y el consumo innecesario.
- Priorizar la producción local y sostenible.
- Impulsar políticas públicas que protejan los ecosistemas de forma permanente.
Finalmente, esta es una oportunidad clave para educar a las nuevas generaciones. Cultivar el amor por la Madre Tierra desde la infancia es sembrar la semilla de ciudadanos responsables que, con respeto y sabiduría, aseguren que Nana Ologwadule siga floreciendo para los que aún no han nacido.

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