30 de septiembre de 2019

La dictadura de los «expertos» y divulgadores es anticientífica

Por Miguel Jara
Idioma Español
13 septiembre 2019
En línea con lo que venimos publicando sobre el fundamentalismo científico, el cientifismo o el pseudoescepticismo, publico esta nueva entrega del proyecto #CartasaElla. En esta ocasión, la jovencita recibe comentarios de su abuelo en torno a las estrategias que usan estos grupos para desacreditar a personas honestas y cómo reman a favor del poder.

Los pseudoescépticos son ateos militantes. Pero existen ciertos paralelismos entre la Iglesia y los primeros. Por un lado, ambos son proselitistas, intentan captar adeptos para su causa o doctrina e influir en la sociedad. Ambos luchan por las creencias o no creencias de la gente e intentan «vender» a la sociedad ideas buenas (aunque luego no las materialicen). Finalmente, en ambos casos su credo se corrompe por el dinero o el poder. En ambas hay fanáticos.

El fundamentalismo científico ha dado un gran salto desde que empezó a cuestionar la existencia de ovnis y fantasmas, hasta que se ha introducido en temas de tecnología, ecología, salud humana. Crece así su campo de trabajo y se ponen bajo el paraguas de las grandes empresas y sectores estratégicos de la economía liberal global, así como de las instituciones y gobiernos que ejercen de comerciales de los mismos.
Reman a favor de corriente y quizá por ello tienen mucha presencia en los grandes medios de comunicación, en los que muchos periodistas necesitados de «una causa» que de sentido a su trabajo, les hacen de palmeros, como en los bailes flamencos, unos dan espectáculo y otros en coro les dan palmas de ánimo y les jalean.
Y son muy oficialistas, a menudo citan como fuentes de información «verdaderas» a las instituciones oficiales de cada ámbito, sin importar que estas suelen estar plagadas de conflictos de interés con las industrias a las que deben controlar.
Y también son negacionistas, éstos son personas que cuestionan o directamente niegan una realidad aceptada. Cuando alguien niega los daños que pueden causar sustancias tóxicas como los pesticidas usados en la agricultura e incluso insultan a quienes enferman por ello llamándoles «quimiofóbicos» es negacionista.
Además, no muestra ninguna empatía por quienes sufren y a quienes victimizan acusándoles de su dolencia, lo que es una de las características del fascismo, por cierto. Quienes niegan el Holocausto también suelen retorcer los conceptos y a los campos de exterminio nazis les llaman «de trabajo» y a las cámaras de gas, «de despiojado».
Otro de los mecanismos negacionistas que utilizan estas personas Ella, suele ser el aislamiento de un dato dudoso para desprestigiar al conjunto. Los que rechazan el cambio climático suelen aferrarse a periodos fríos para cuestionar las series históricas de temperaturas altas. Quienes atacan a la agricultura ecológica suelen decir que en ella está permitido usar cobre o azufre -que es cierto que su uso está permitido- que también contamina.
En realidad, el negacionismo es un comportamiento no científico o pseudocientífico porque obvia las razones. La razón, el pensamiento racional del que presumen los pseudoescépticos, es un medio para el conocimiento no un fin en sí mismo. El movimiento pseudoescéptico es endogámico, está constituido sobre todo por personas de mediana edad, hombres, de raza blanca, heterosexuales y de clase media con estudios universitarios.
Y escribiría que con un ego muy desarrollado, lo que ha provocado que sus líderes, que los hay como en todas las sectas, sean los más agresivos, los que mejor usan su verborrea violenta. Y a esos se les puede encontrar en «todas partes», como a dios. Pero su salmos no los claman desde el púlpito de una iglesia sino en las redes sociales sobre todo en aquella en la que se permiten discursos más cortos, ideales para hacer demagogia, Twitter.
Y en esas redes es donde salen a la «caza del magufo» o de los herejes. Y por hereje se entiende a alguien que dice cosas que son «peligrosas» (te lo escribo entre comillas pequeña por lo que te comentaba más arriba de que no me gusta el concepto referido a personas) o subversivas, que van en dirección contraria a la corriente del debate.
Cualquiera puede ser blanco de las ridiculizaciones públicas con las que los pseudoescépticos vejan a sus víctimas pero tienen predilección por quienes destacan en un ámbito estratégico para el movimiento.
Hay médicos expertos en salud pública a los que no se les ha perdonado que en 2009-10 tuviesen un gran éxito difundiendo que la pandemia de gripe A no era tal, que sólo había un montaje para exagerar una condición para vender vacunas y medicamentos antivirales, un pelotazo medicamentoso vaya.
Otros han sido muy críticos con la vacuna del papiloma y sin estar en contra de las vacunas, les han colgado el sambenito de “antivacunas”.
Que la realidad no te estropee un buen insulto o la oportunidad de vejar y humillar a alguien. Todo esto tiene algo de comportamiento psicopático.
Las campañas de descrédito con algunos han alcanzado cuotas inimaginables por criticar con contundencia la corrupción de la industria farmacéutica y del sistema sanitario o promocionar las plantas medicinales.
Sus ataques personales (ad hominen) también incluyen a científicos del máximo nivel en sus áreas, quizá porque tienen miedo y lo mejor para que sus opiniones dejen de pesar en la sociedad es desacreditarlos personalmente, que no sean referencias sociales… si pueden.
Resulta paradójico que la cruzada «por la ciencia» la lleven a cabo personas que en su mayor parte no son científicas, entre ellos hay informáticos, abogados, periodistas, filósofos, psicólogos y médicos, nutricionistas y sí físicos o biólogos, incluso magos en sus orígenes, como Randi o Gardner.
Es muy importante diferenciar pues una cosa es un divulgador, que lo puede ser cualquiera con unas mínimas dotes comunicativas; otra cosa es tener una carrera de ciencias pero no ceñirte a tu campo como es el caso de, por ejemplo, físicos hablando sobre vacunas sin haber trabajado a fondo el tema; otra un científico genérico, una persona de carrera de ciencias que estudia unos temas y es experto en esos, pero luego te puede hablar en general de otros; y finalmente un científico investigador especializado (y si es independiente mejor).
En el caso de los denominados escépticos suelen ser los primeros y segundos casos aunque intentan aparentar algo más de lo que son, lo que demuestra mediocridad y excesivo postureo. Y aparentan para que la sociedad crea que ellos son los auténticos representantes de la ciencia.
Otra cosa curiosa Ella es que estas personas intentan aparecer como expertas, establecer una especie de «tiranía de los expertos», que de ciencia sólo hablen los científicos, se les escucha decir con frecuencia, que de temas médicos o sanitarios sólo hablen los médicos o los especialistas en sanidad.
Pero luego ellos no cumplen ese precepto; sus divulgadores aparecen en los medios de comunicación opinando de todo incluido de lo que no saben.
Es la doble vara de medir de la hipocresía. Resulta además que si fueran coherentes con ese dogma no serían capaces de cumplir con uno de sus fines que es que la ciencia llegue al pueblo; la dictadura de los expertos es anticientífica y obstaculiza la divulgación.
Con ese fundamentalismo de los superespecialistas que pretenden sin éxito, se busca convencer a la población de que algo es cierto porque lo dice gente «muy importante» y ello se acompaña de la estrategia de repetición constante de sus clichés y dogmas en diferentes medios y herramientas de comunicación, que los despistados pueden creer que se corresponde con una opinión mayoritaria, lo que entre otras cosas es antiescéptico ¿no se trata de dudar de las creencias sociales mi pequeña Ella
Fuente: Miguel Jara





























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