Geodisio Castillo
Sistema de producción agroforestal de nainu familiar
Fortalecer los sistemas indígenas de producción sostenible de alimentos y proteína representa una oportunidad para enfrentar los efectos del cambio climático y, al mismo tiempo, mejorar las condiciones de vida de las comunidades. Estos sistemas aprovechan de manera integral el suelo, el agua, el bosque y otros recursos naturales, contribuyendo a la seguridad alimentaria, la conservación de la biodiversidad y el almacenamiento de carbono. Su importancia no es solamente ambiental: también está relacionada con la cultura, la organización comunitaria, la economía familiar solidaria y la continuidad de los conocimientos ancestrales.
Un claro ejemplo de esto se encuentra en los sistemas de producción alimentaria de los pueblos indígenas de Abiayala. Las chagras de los pueblos amazónicos, por ejemplo, han moldeado sus vidas durante al menos 4.500 años al integrar dimensiones ambientales, económicas, sociales, bioculturales y espirituales en un mismo espacio.
Esta misma armonía se percibe en Gunayala, Panamá, donde el pueblo Gunadule perpetúa desde generaciones un sistema ancestral conocido como nainu familiar agroforestal. En este modelo, los cultivos conviven en perfecta simbiosis con árboles, plantas medicinales, especies de uso doméstico y artesanal, y otros recursos esenciales para la vida cotidiana. Lejos de ser un espacio aislado del bosque, el nainu forma parte de un paisaje vivo donde la producción y la conservación se nutren mutuamente.
Esta relación entre agricultura y naturaleza ha contribuido a mantener una importante cobertura boscosa en Gunayala, junto con los sistemas de nainu familiar, los manglares y el muubilli, el océano que forma parte integral del territorio Gunadule. Tierra y mar constituyen un sistema interconectado que sostiene la vida, ofrece alimentos y otros recursos, y contribuye al almacenamiento de carbono. La presencia de fauna silvestre también constituye una referencia para las comunidades sobre el estado de salud de los ecosistemas y sobre los cambios que están ocurriendo en el territorio.
Pero el valor del nainu familiar va mucho más allá de su aporte ecológico. Es también un espacio social donde se relacionan las familias, se comparten conocimientos y se transmiten prácticas agrícolas y culturales de una generación a otra. En torno a la producción se fortalecen vínculos de cooperación, intercambio de semillas, alimentos y conocimientos, así como formas de trabajo comunitario. De esta manera, cultivar no significa únicamente producir alimentos: significa mantener una relación con el territorio y reproducir conocimientos que forman parte de la identidad Gunadule.
Los productos obtenidos del nainu y de muubilli contribuyen directamente a la alimentación familiar y a la gastronomía Gunadule, reduciendo la dependencia de alimentos externos y fortaleciendo la capacidad de las comunidades para responder ante períodos de escasez, dificultades económicas o impactos climáticos. Asimismo, plantas y productos del sistema agroforestal son utilizados en prácticas medicinales, actividades culturales, construcción, elaboración de artesanías y otras necesidades de la vida cotidiana. Por ello, el nainu puede entenderse como una base de la economía familiar y de la vida comunitaria.
Sin embargo, esta forma de vida enfrenta nuevos desafíos. El borrador del Plan Estratégico de Gunayala (PEGY) 2026–2036 identifica una situación compleja, marcada por cambios económicos y sociales, pérdida progresiva de conocimientos ancestrales, inseguridad alimentaria, migración, cambios culturales y los efectos crecientes del cambio climático. A ello se suman los desafíos de fortalecer el autogobierno y mejorar la coordinación entre las estructuras de gobierno Gunadule y el Estado-nación panameño.
En este contexto, fortalecer el nainu familiar no significa regresar al pasado, sino reconocer el valor de un conocimiento que puede aportar respuestas para el presente y el futuro. La agroforestería indígena puede contribuir a recuperar suelos, conservar la biodiversidad, diversificar la producción y mejorar la disponibilidad de alimentos, al tiempo que genera oportunidades para fortalecer la economía familiar y comunitaria.
El desafío está en crear condiciones para que las propias comunidades puedan mejorar y adaptar sus sistemas productivos sin perder su esencia. Esto implica fortalecer las capacidades locales, recuperar semillas y conocimientos, promover el intercambio entre generaciones, mejorar las prácticas agroecológicas y facilitar mecanismos comunitarios de apoyo a las familias productoras.
Así, el nainu familiar puede convertirse en un efecto multiplicador: fortalecer la producción de una familia también puede fortalecer la alimentación, el intercambio, la economía local, la organización comunitaria y la conservación del territorio. Más que sumar una nueva actividad a las iniciativas existentes, se trata de potenciar una práctica que ya forma parte de la vida Gunadule y que puede evolucionar hacia un sistema agroecológico comunitario con mayor capacidad de respuesta frente al cambio climático.
La experiencia de Gunayala muestra que la resiliencia no siempre comienza con nuevas tecnologías. En muchos territorios indígenas, también puede encontrarse en los conocimientos construidos durante generaciones y en la capacidad de las comunidades para mantener una relación equilibrada con la naturaleza.
Fortalecer el nainu familiar es, por tanto, fortalecer la alimentación, la cultura, la economía familiar, la cooperación comunitaria y el territorio. Es sembrar alimentos, pero también sembrar conocimientos, identidad y capacidades para enfrentar juntos los desafíos del futuro.
La degradación del suelo puede continuar cuando los cultivos se desarrollan de manera aislada y a cielo abierto, sin considerar la capacidad de regeneración de la naturaleza. La agroforestería ofrece otra posibilidad: poner a la naturaleza en el centro de la producción y trabajar con sus propios ciclos. De esta manera, el suelo puede recuperar progresivamente su fertilidad, conservar la humedad, sostener la biodiversidad y mantener por más tiempo su capacidad de producir alimentos y generar medios de vida para las familias productoras.
Debemos reconocer que la tierra es un recurso limitado y vivo, que necesita ser nutrido y cuidado para conservar su capacidad de sostener la vida. Cuando aprendemos a trabajar en armonía con ella, la regeneración de los ecosistemas puede contribuir tanto a la producción de alimentos como a la respuesta frente al cambio climático. Para el pueblo Gunadule, esto significa trabajar con Nabgwana, la Madre Tierra, y no luchar contra ella. Se trata de recuperar una relación de respeto y reciprocidad: cuidar la tierra para que ella continúe cuidando de nosotros. En última instancia, nuestra tarea no es dominar la naturaleza, sino aprender a convivir con ella y asegurar que pueda seguir sosteniendo la vida de las generaciones presentes y del mañana.
De
esta manera, podemos mantener una autonomía propia, construida a nuestro estilo
y desde nuestra realidad. No basta con hablar de ella ni con recordar las
enseñanzas de nuestros abuelos; debemos ponerlas en práctica cada día. La
tierra, el mar y los conocimientos ancestrales siguen allí, esperando que los
valoremos y los pongamos al servicio de nuestro pueblo. Desde adentro, con
nuestras propias capacidades, saberes y formas de organización, podemos
construir un desarrollo endógeno que fortalezca nuestra autonomía y asegure la
continuidad de nuestra cultura y nuestro territorio (tierra y mar) para las
futuras generaciones.
