5 de julio de 2017

Los cuidados que sostienen al mundo

María Verónica Villa Arias

"¿Cómo es posible que, con menos de un cuarto de toda la tierra agrícola del planeta, los pueblos y comunidades campesinos provean casi 70% de la alimentación que nos mantiene con vida como humanidad? Esos pueblos, comunidades y colectivos calumniados de obstaculizar la modernización, despliegan una potencia que no se enfoca solamente en arrancarle la comida a los suelos. Son quienes aún mantienen un tramado de prácticas y saberes que persiste pese al embate modernizador de los gobiernos, de las agencias de financiamiento y de las mega-corporaciones."
 

María Antonieta González y José Ángel Martínez, migrantes de Carranza, Chiapas, retiran los tallos y empaquetan las cebollas en Lamont, California Foto: David Bacon

» LA AGRICULTURA INDUSTRIAL SE ENFOCA SÓLO EN 12 ESPECIES. UN NUEVO CULTIVO BIOTECNOLÓGICO PUEDE LLEGAR A COSTAR 136 MILLONES DE DÓLARES. LAS REDES CAMPESINAS MANEJAN MÁS DE DOS MILLONES DE VARIEDADES Y LAS DESARROLLAN SIN COSTOS COMERCIALES

El acuciante problema de la crisis de alimentación en el mundo se esboza en muchos lados como insuficiencia de alimentos pues la población crece exponencialmente y “no habrá comida que alcance”. Según los expertos, más de 800 millones de personas padecen hambre y más de la mitad de la humanidad tiene problemas relacionados con la alimentación. Quienes brindan una solución a esa crisis, quienes subsanan la subsistencia de la mayoría de la humanidad, son esos pueblos y comunidades campesinas, acusadas de atrasadas e ineficaces, los pueblos vernáculos del mundo.

Más del 90% de las y los agricultores del mundo son campesinos e indígenas, pero acceden a menos de la cuarta parte de la tierra agrícola mundial, según datos de GRAIN. Y sin embargo, con ello producen entre el 50 y el 70 por ciento de la comida que mantiene viva a la gente. Sustentos básicos (cereales, leguminosas, tubérculos) pero también animales, frutas y hojas verdes que se distribuyen en mercados locales en cantidades importantes, total o parcialmente al margen del mercado, y llegan a sitios inaccesibles para los contenedores rodantes que distribuyen los paquetes de alimentos procesados.

Si asumimos la perspectiva de Adolfo Gilly sobre los historiadores a contrapelo que develan que casi la totalidad de la actividad económica la realiza una inmensa mayoría de seres humanos sin lugares prominentes en las cifras oficiales, ni en las inteligencias de derecha o izquierda, ni en los liderazgos de opinión, ni en los debates entre élites, es fácil comprender que la mayoría de la alimentación que nos mantiene con vida la provee esa miríada de redes campesinas y urbanas de subsistencia, rompiendo así el monopolio radical del pensamiento que presupone que sólo la industria puede resolver el problema de alimentar a una población planetaria cada vez más numerosa.

Se trata de pueblos con diversos grados de autonomía, de soberanía en lo que permanece de sus mundos vernáculos, pero también se trata —y esto es muy sorprendente— de colectivos que quieren darle la vuelta a vivir comprando todo: organizaciones en el campo y en la ciudad, personas y colectivos que de alguna forma quisieran ser como los pueblos vernáculos.

El Grupo de Acción sobre Erosión, Tecnología y Concentración (Grupo ETC) se planteó recientemente preguntas como quién nos alimenta hoy, cuánta diversidad alimentaria tenemos y cuidamos, cuál es el estado de los bosques, qué nos está ocasionando la industrialización de la comida, cómo se usa la energía para producir alimentos, cuánta comida se desperdicia, cuál es la relación entre trabajo, salud y producción industrial o campesina. Y estas son algunas de las respuestas:

Hoy, con un cuarto de la tierra agrícola a nivel mundial y con 30% de los recursos mecánicos, hídricos, fertilizantes y combustibles, las redes de subsistencia (campesinos, pastores, pescadores artesanales, recolectores y sus combinaciones), junto con la agricultura urbana, producen mayor cantidad, diversidad y calidad de alimentos que las cadenas de la agricultura industrial.

La agricultura industrial se enfoca sólo en 12 especies. Un nuevo cultivo biotecnológico puede llegar a costar 136 millones de dólares. Las redes campesinas manejan más de dos millones de variedades de plantas y animales, y los desarrollan sin costos comerciales. La pesca industrial captura 360 especies y cultiva en cautiverio otras 600. Los pescadores artesanales cosechan 15 mil especies de agua dulce y un número desconocido de especímenes marinos. Más de mil quinientos millones de habitantes se alimentan de pesca no comercial.

El mercado de productos maderables promueve plantaciones de 450 especies mientras que los habitantes de los bosques cuidan más de 80 mil tipos de árboles, arbustos, trepadoras y plantas medicinales.

Se calcula que mil 600 millones de personas habitan esos espacios “ociosos” que el capital no ceja en agredir para meterlos al mercado de tierras. 80% de las poblaciones de los países en desarrollo acuden, para satisfacer o complementar sus necesidades terapéuticas, a plantas crecidas en los bosques, selvas y humedales o cultivadas en traspatios, balcones o azoteas. Estos lugares “subutilizados” son clave para enfrentar el caos climático por su capacidad de absorción de gases contaminantes.

La comida procesada ha ocasionado que desde 1950 se pierda infinidad de nutrientes del suelo; que las dietas se uniformen, que la diversidad se reduzca, y que haya un aumento dramático de enfermedades crónicas como obesidad y diabetes, hipertensión, y ciertos tipos de cáncer relacionados con la alimentación.

La emisión de gases con efecto de invernadero provenientes de la alimentación industrial (con los desmontes para monocultivos, el uso de fertilizantes —cuya fabricación es origen de gases en sí misma— el transporte, el embalaje, la refrigeración y la basura resultante) dan cuenta de un 50% de los gases que ocasionan el calentamiento planetario.

Casi 80% del agua dulce disponible en un año se utiliza en agricultura industrial y procesado de alimentos. El agua de este procesado industrial de alimentos y bebidas en un año podría cubrir las necesidades domésticas de 9 mil millones de personas.

Entre 33 y 40% de la comida producida con agricultura industrial se desperdicia cada año por los estándares de producción, en la transportación y almacenamiento, en los procesos de producción y en los hogares donde llega no se consume.

Más de dos mil millones de personas en el planeta tienen deficiencias nutricionales y más de 400 millones tienen sobrepeso u obesidad. El consumo de carne en los países ricos rebasa en más de dos veces las recomendaciones de la Organización Mundial de Salud. Por cada dólar que pagamos en comida industrial, la sociedad planetaria paga otros dos dólares en remediar desastres ambientales y enfermedades.

¿Cómo es posible que, con menos de un cuarto de toda la tierra agrícola del planeta, los pueblos y comunidades campesinos provean casi 70% de la alimentación que nos mantiene con vida como humanidad?

Esos pueblos, comunidades y colectivos calumniados de obstaculizar la modernización, despliegan una potencia que no se enfoca solamente en arrancarle la comida a los suelos. Son quienes aún mantienen un tramado de prácticas y saberes que, pese al embate modernizador de los gobiernos, de las agencias de financiamiento y de las mega-corporaciones, persiste a veces como aparente inercia, con una reflexividad impresionante, en el flujo del desastre, en medio de la vorágine y la incertidumbre.

El tramado de cuidados que sostienen al mundo no se reduce a sembrar y cosechar “cosas que se coman”. En México, los pueblos campesinos no sólo conservan el maíz (cuyo futuro es objeto de debates mundiales). Los pueblos campesinos son quienes resguardan la diversidad de bosques, y con ellos, los ciclos del agua y del aire, y en esos territorios cuyo eje es la milpa, las comunidades tienen la posibilidad de negarse al extractivismo y la imposición de megaproyectos. Así que los pueblos vernáculos de México no sólo arrancan alimentos a la tierra. Con sus pertinentes relaciones con sus territorios, que se materializan en lenguas, modos, ropas, músicas, ritos, celebraciones, organización, luchas, los pueblos de México son núcleo de soberanía nacional.

Conocimos hace poco en Holanda un “bosque comestible”: en dos hectáreas de tierra yerma, destruida por la agricultura industrial, alguien removió el suelo, construyó declives y se puso a reunir especies de latitudes hermanas, de lugares separados por glaciaciones, por el aumento de los océanos, por desertificación, por reacomodo de las placas tectónicas; pero también separados por guerras o tratados de paz, o lugares con especies extinguidas por revoluciones verdes, por agricultura comercial y por mera urbanización. Comenzamos la caminata por el bosque comiendo rosas de Mongolia, directas del rosal. Seguimos con manzanas silvestres de Azerbaiján, membrillos de Turquía, peras japonesas; recogimos para la cena unos 20 tipos de hongos; para el desayuno, avellanas, moras rojas, negras, grandes, chicas, ácidas, dulces; kiwis, nueces, castañas, grosellas. Había frijoles silvestres de varios tipos, almendras, higos, lentejas… Ese bosque brinda según temporada más de 400 especies comestibles. Tiene más especies de insectos y aves que los parques naturales holandeses. Lo que pide este lugar, dicen sus propiciadores, es acompañar los procesos libres que hacen los bosques para crecer y mantenerse. En 6 años ocurrieron procesos que quienes hicieron este bosque esperaban en 10 o más años. Están abriendo el entendimiento para alimentarse de otros cultivos además de los 12 “más famosos” en los que se enfoca el sistema industrial de producción de alimentos. Calculan que el ciclo de restauración total de los bosques puede reducirse 50 años de lo que ahora se piensa.

Acá en México, durante la presentación de un libro con recetas de platillos elaborados con lo que hay en la milpa “estándar”, un campesino mixteco de Oaxaca dijo que estamos acostumbrados a ver al bosque como algo muy grandioso y a la parcela campesina como algo pequeño en comparación. Dijo que la milpa es precisamente un bosque donde convive todo, lleno de matices y de espesura, donde todos los seres pueden existir y potenciarse.

Entre 1992 y 2010 el Estado mexicano dirigió una cruzada contra la propiedad colectiva de la tierra, una campaña nacional para que las tierras de cultivo se “regularizaran” en títulos de propiedad individuales, y que toda esa tierra entrara en el mercado, junto con la proletarización de sus habitantes. A la vuelta de 20 años, mucho menos del 30% de los campesinos registró sus tierras a título individual para poder venderlas, lo que tiene francamente intrigado al Banco Mundial.

En México se siembran y cosechan casi 22 millones toneladas de maíz, de las cuales 14 millones de toneladas se cultivan con semillas que provienen de la cosecha propia, en tierras colectivas. Más de 8 millones de toneladas se destinan a la subsistencia de las comunidades sin pasar por el mercado, señala la investigadora Ana de Ita. Eso es sumamente subversivo.

Tal vez es un momento de la historia en que ya no estudiamos las dinámicas económicas campesinas como parte de una etnografía de los sistemas económicos “alternos” o “subalternos”, o en el registro de aquello que está por extinguirse. Es muy visible, muy evidente, el proceso de reflexiones y de acciones desde lo profundo de las comunidades vituperadas, calumniadas de ineficaces, desgarradas por las migraciones, arrinconadas en las mega-urbes.

Aún sigue sin comprenderse plenamente la distinción que hizo Iván Illich sobre la subsistencia autónoma (con sus límites y sus problemas a resolver) y la miseria en la que caemos cuando se nos imponen los planes de desarrollo, las tecnologías, la modernización, y lograr ese entendimiento es una tarea urgente.

Andrés Barreda dijo al resumir una discusión de la Red en Defensa del Maíz en 2016:
“La resistencia campesina tiene un claro significado universal para toda la humanidad porque defiende y muestra el sentido de la subsistencia autónoma, de la posibilidad de ser libre manteniendo relación con la tierra, con el territorio. Pero tiene un significado más, referido al peor drama de nuestro tiempo, el peor drama que vive toda la humanidad en el momento actual, que es el de la ruptura entre naturaleza y sociedad. Ruptura que tiene a la humanidad no sólo al borde del cambio climático, la tiene al borde de desaparecer.

“La separación entre sociedad y naturaleza, que avanzó durante siglos, en los últimos 80 años alcanzó niveles brutales que ponen en peligro la vida de todos los seres humanos. Los campesinos son quienes detentan en vivo y en directo qué significa la relación entre la sociedad y la naturaleza. Es muy importante subrayar este punto para percibir de otra manera la situación de guerra social en la que estamos hundidos. Los campesinos se sienten solos. Los indígenas se sienten solos en sus territorios. Imagínense cómo se sienten 9 millones de compañeros indígenas que ya se fueron a trabajar como jornaleros, lejos de sus tierras, a los ranchos de agro-exportación. Sobre todo, los que caen en ranchos en los desiertos, nadie puede escaparse de allí. Cómo se sentirán los obreros, sin el sentido de organización comunitaria de las comunidades campesinas; cómo se sienten las mujeres víctimas de asesinatos masivos. O cómo se sienten los jóvenes que no tienen ni en el campo ni en la ciudad —ni en la tierra ni en el cielo— ninguna oportunidad de nada.

“Todos nos estamos sintiendo solos, pero los campesinos tienen un fuego entre las manos. Es la relación con la naturaleza. Tienen la brújula de cómo se compone el mundo. Si algo define al capitalismo, es que separa a la sociedad respecto de la naturaleza. Y esta separación está llegando a un nivel que implica el suicidio de la humanidad. En esta situación de suicidio civilizatorio, la vida campesina tiene algo que sí es significativo para toda la humanidad: la única posibilidad de futuro.”.

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María Verónica Villa Arias (del Grupo ETC) presentó una versión más amplia de este texto en Cuernavaca en el simposio “Iván Illich: lo político en tiempos apocalípticos”, agosto de 2016.

 
 

18 de junio de 2017

"Explotación Forestal": Reflexión

Publicado el 28 de septiembre de 2016

Edwin Land

Cuando cursaba el IV año de la universidad en la Facultad de Ciencias Agropecuarias me tocó dar una materia llamada "Explotación Forestal" dictado por mi estimado Profesor el Ing. Tomás Vásquez. En dicho curso aprendimos mucho sobre el tema: por ejemplo, el manejo forestal en sí que incluye su producción, siembra, raleo, poda, cosecha, además de cómo realizar un inventario forestal, e incluyendo metodologías sobre una "explotación forestal sostenible" entre otros.

 
Y en aquella ocasión, también tuvimos la oportunidad de visitar la provincia de Darién para observar en el campo la experiencia de una empresa dedicada a la comercialización de la madera aserrada y en tucas, y de otras empresas que llevaban a cabo la reforestación de especias forestales no nativas para su explotación. Dicha actividad en esa época estaba en auge por la ley de incentivos forestales. Terminado el curso, en son de broma le decía al profesor que. me acaba de enseñar que debo regresar a Gunayala, y empezar a explotar su recurso forestal, ya que eso generaba dinero. Ante dicho comentario, mi prof. me contestó muy serio, que me merecía una F en la materia, porque eso no era lo que le me acababa de enseñar a lo largo del curso.

Hoy, pensando en esa anécdota, reflexiono sobre la misma. Según datos del año 2012 del Ministerio de Ambiente, del total del territorio de la comarca Gunayala, el 92.8% son bosques, un 3.5% son áreas de uso agropecuario, un 2.9 rastrojos y vegetación arbustiva, un 0.7% pertenece a superficies de aguas y áreas abiertas sin vegetación y en un porcentaje muy bajo (0.1%) son dedicadas a áreas culturales o asentamientos. Según los datos arriba mencionados, las comunidades tienen influencia directa en el manejo de 6.4% del territorio, ya que el 3.5% pertenecen a las fincas dedicadas a la producción agropecuarias y el 2.9% son áreas de descanso o barbechos, que en algún momento van a volver a ser usados para su producción.

En mi concepto muy personal, que nuestra comarca tenga un gran porcentaje de zona boscosa se debe a la visión tradicional y cultural del pueblo guna, y otra por la estructura política administrativa que tiene la comarca. El primero, el conocimiento tradicional que tiene el pueblo guna trata mucho sobre el cuidado y protección de la madre tierra y eso se observa en el campo, cuando nuestros abuelos nos enseñan la manera de trabajar la tierra respetando la foresta y áreas sagradas existentes del pueblo guna; y el segundo, la administración política y administrativa de Gunayala ha sido un escudo para que empresas occidentales no entren sin la autorización de las comunidades, lo que hace que sea difícil que una empresa entre a negociar directamente con cualquier individuo o comunidad para comprar las maderas o solicite concesiones de explotación forestal dentro de la comarca; aunque también se debe a otros factores físicos o geográficos de la región.

No obstante, en el área local, donde las comunidades tienen sus actividades agropecuarias o tierras en descanso, en la actualidad el manejo que le damos a las especies forestales va cambiando poco a poco. Dichos cambios a mi parecer se deben a los nuevos conocimientos adquiridos dentro de las aulas de la educación occidental, lo que ha dejado de lado la visión tradicional, como es la costumbre de sembrar especies maderables en nuestras fincas. Con la llegada de la educación occidental y el desarrollo de la comunicación digital, que hace que las informaciones sobre cualquier tema lleguen a las poblaciones de una manera fácil y rápida, ha formado una nueva generación de jóvenes gunas que ven al recurso forestal como una oportunidad para el desarrollo de pequeños emprendimientos de manera local, como son las ebanisterías. Y los efectos de ese cambio ya lo podemos ver en nuestras comunidades, por ejemplo, ya no se encuentran árboles maderables valiosos como son el caoba, cedro o cedro espino entre otros tan cerca de las comunidades. Y utilizamos los árboles no solo para construir nuestras casas o nuestros botes, si no que ya tenemos jóvenes ebanistas emprendedores que utilizan la madera para el desarrollo de sus microempresas.

El desarrollo de dichas microempresas en las comunidades es bueno para el desarrollo económico de manera local en nuestras poblaciones, sin embargo, nuestros líderes o las autoridades deberían de empezar a tomar decisiones sobre el manejo forestal de los bosques locales para que, en el futuro, todavía podamos tener esos recursos de manera sostenible. A mi entender, la Junta Técnica de nuestro Congreso General debería de empezar a promover entre las comunidades la creación de reglamentos internos que trate el tema del manejo de nuestro recurso forestal, y lo más conveniente es que sean las poblaciones las que empiecen a tomar decisiones sobre lo queremos dejarles a las generaciones venideras. Quizás dentro de 20 o 30 años se vean los resultados o consecuencias de las decisiones que tomemos hoy en día. Y quién sabe si al final del día pueda salir una buena experiencia entre las comunidades, para ir pensado en crear un reglamento general sobre el manejo de nuestros recursos naturales en nuestra comarca, no solo del recurso forestal, sino de otros recursos como son el agua, el suelo, y el marino costero entre otros; y no esperemos que terceros nos vengan a decir lo que tenemos que hacer como pueblo guna sobre la protección y manejo de nuestros recursos, y sobre todo de cómo podemos mejorar la relación que tenemos como pueblo indígena con nuestra madre tierra y con la abuela mar.

7 de junio de 2017

Mujeres rurales agentes de cambio

Propuestas políticas de las mujeres rurales colombianas para avanzar en igualdad hacia la paz y el desarrollo

OXFAM[1]

Con su tesón, visión estratégica y acciones de influencia, las mujeres rurales han logrado en Colombia importantes avances en el reconocimiento formal de sus derechos, sin embargo, las medidas concretas de política púbica son aún escasas.



Capacitándose las mujeres de Digir y Wargandub. Foto: Gubiler
En Colombia viven más de cinco millones de mujeres rurales, la mitad de las cuales subsisten en condiciones de pobreza. Son mujeres campesinas, indígenas y afrodescendientes, que con su esfuerzo diario sostienen sus hogares y aportan a las frágiles economías campesinas. Ellas son las primeras en levantarse y las últimas en acostarse. En su interminable jornada de trabajo atienden los huertos y animales de patio, se ocupan del hogar, recogen y cargan la leña y el agua, cuidan de niños y mayores y asisten a reuniones comunales. También asumen tareas clave en la actividad agrícola familiar, como la siembra, la producción de abono, el control de plagas y malezas, la cosecha o la elaboración de harinas, quesos y conservas; además acuden a vender al mercado y a menudo complementan los ingresos familiares con otras ocupaciones (casi siempre informales) fuera del hogar.

Las actividades del cuidado ocupan gran parte de su tiempo y limitan sus posibilidades de formarse o acceder a un empleo remunerado. Relegadas al ámbito del hogar, incluso cuando se ocupan de tareas agrícolas con alto valor económico, su trabajo se considera una extensión de las labores domésticas y no es reconocido como actividad laboral. Y aun siendo esenciales para la sobrevivencia familiar, la cohesión social y el bienestar comunitario, todas estas funciones quedan invisibilizadas en las estadísticas nacionales que sistemáticamente subestiman su participación en el empleo, su aporte a los ingresos familiares y su papel en la economía[2].

Lo que proponen las mujeres rurales

La agenda de incidencia de las mujeres rurales colombianas se ha mantenido a lo largo de los últimos años en torno a una serie de demandas compartidas por el colectivo de mujeres y construidas a partir de amplios procesos participativos. Pese al importante logro de haber llegado a influir sobre el Plan Nacional de Desarrollo, la mayoría de sus propuestas aún siguen pendientes de ser atendidas.

La desigualdad estructural y la exclusión que limitan su acceso a recursos, su autonomía económica y la posibilidad de participar en la vida pública se asienta sobre tres dimensiones que deben ser abordadas conjuntamente: la cultural, por medio del reconocimiento; la económica, por medio de la redistribución y la reducción de la carga de trabajo no remunerado; y la política, por medio de la participación. Por ello las mujeres rurales colombianas proponen soluciones en estos tres ámbitos, con medidas afirmativas y transformadoras articuladas en seis esferas de acción.

1. Cambio climático y degradación ambiental

Las poblaciones campesinas son especialmente vulnerables a los impactos del cambio climático. Su subsistencia depende estrechamente de los recursos naturales, pues sus pequeñas explotaciones carecen de sistemas de riego y suelen encontrarse en zonas de ladera, en altitudes elevadas o en zonas inundables, donde ya se dejan sentir los efectos de las alteraciones ambientales. Las mujeres rurales más pobres –cerca de dos millones y medio de mujeres colombianas– son las más expuestas, pues son las responsables de suministrar los alimentos y el agua en sus hogares.

Los cambios extremos en temperaturas y precipitaciones agravarán los problemas de sequía y desertificación, puesto que se ha alterado el equilibrio de los ecosistemas, se ha reducido la disponibilidad de agua y aumentado las afectaciones por plagas y enfermedades. Todo ello incrementa los costes de producción y pone en riesgo la sostenibilidad de los frágiles medios de vida de los pequeños productores y productoras. De seguir así las tendencias, se prevé que para el año 2050 se habrán perdido el 80 % de los cultivos y más del 60 % del área cultivada del país[3].

A los efectos del cambio climático se suman la minería, la agroindustria y los megaproyectos que incrementan la vulnerabilidad de los ecosistemas y de las comunidades, provocan desplazamientos de la población, contaminan el aire y las fuentes de agua y destruyen la biodiversidad. Entre los años 2000 y 2014 se multiplicaron por seis las exportaciones de minerales e hidrocarburos, y su peso en las exportaciones totales pasó un 43 % a un 65 %[4], profundizándose un modelo extractivista e insostenible. Las concesiones mineras a menudo se otorgan sin respetar el obligado proceso de consulta a las comunidades afectadas, ni siquiera en el caso de los pueblos indígenas y comunidades afrodescendientes, los cuales tienen derecho a una consulta previa, libre e informada según el Convenio 169 de la Organización Internacional del Trabajo (OIT)[5].

Pese a algunos avances en la formulación de políticas públicas sobre cambio climático, su nivel de implementación ha sido bajo por falta de recursos y por la escasa voluntad política estatal para asumir los desafíos[6].

Por ejemplo, se calcula que si se promoviese la adopción de prácticas agroecológicas podría duplicarse la producción de alimentos en una década, mejorando así los medios de subsistencia y la seguridad alimentaria en regiones extensas.

¿Qué proponen las mujeres rurales para hacer frente al cambio climático y la degradación ambiental?

-  Que se regule la explotación de minerales e hidrocarburos con perspectiva de sostenibilidad ambiental y sin causar perjuicio a las comunidades locales, respetando su derecho a una consulta previa, libre, informada y vinculante.
-  Que se fortalezca la institucionalidad para que garantice el cumplimiento de las normas ambientales y cuente con poder sancionatorio.
-  Que se pongan en marcha programas que impulsen la agricultura sostenible y las prácticas agroecológicas, así como la conservación de bosques y cuencas hidrográficas. Y que se reconozcan los aportes de la producción campesina y ancestral a la conservación de los recursos naturales y la sostenibilidad ambiental.

2. Acceso a tierras

La concentración de la propiedad de la tierra está en la raíz del conflicto armado colombiano y es uno de los puntos clave aún por resolver en el camino hacia la paz. El Censo Nacional Agropecuario 2015 –el primero después de 45 años– constata el reparto extremadamente desigual de la propiedad de la tierra, agravado por la expansión de la agricultura industrial a gran escala, los proyectos energéticos y la extracción minera. Los datos revelan que el 0,4 % de los propietarios acaparan el 65 % de la tierra en propiedades de más de 500 hectáreas en el área rural dispersa, mientras que el 71 % de los pequeños productores y productoras (con fincas inferiores a cinco hectáreas) apenas manejan el 2,4 % del área total y la mayoría no cuenta con seguridad jurídica[7]. De cada diez hogares rurales, seis no tienen ningún acceso a la tierra[8].

La violencia en el marco del conflicto armado ha expulsado de sus tierras a casi seis millones de personas, principalmente familias campesinas, indígenas y afrodescendientes[9]. Como resultado, se calcula que en los últimos veinte años resultaron despojadas al menos 6,6 millones de hectáreas (equivalentes al 13 % de la superficie agropecuaria nacional), agudizando “el histórico atesoramiento de la tierra en manos de terratenientes, narcotraficantes, paramilitares y grandes empresarios”[10].

Las mujeres manejan explotaciones significativamente más pequeñas que los hombres. El 74 % de las unidades productivas dirigidas por mujeres son inferiores a 5 hectáreas, frente a un 62 % en el caso de las explotaciones que manejan los hombres. Tanto mujeres como hombres acceden a la tierra principalmente a través de la propiedad (un 74 % de las explotaciones en el caso de las mujeres y un 75 % en el caso de los hombres)[11].

Las causas de la brecha de género en el acceso a la tierra son diversas. Por un lado, en la adjudicación de tierras estatales las mujeres han sido sistemáticamente marginadas: el 60 % de los terrenos baldíos se han entregado a hogares encabezados por un hombre, frente a un 40 % de hogares encabezados por una mujer[12]. Por otro, las prácticas patriarcales hacen que los trámites de compra-venta o arriendo de tierras los realicen los hombres, por lo que es muy común que las mujeres no figuren en los títulos o registros de propiedad: en 2013 apenas el 27% de los títulos se emitieron a nombre de mujeres. Esta falta de control sobre la propiedad de la tierra impide a las mujeres decidir libremente qué y cómo producir, socava su autonomía económica y además restringe su acceso al crédito y la asistencia técnica. En el caso de mujeres retornadas, quienes no aparecen en los títulos de propiedad quedan excluidas de los procesos de restitución de tierras.

¿Qué proponen las mujeres rurales para mejorar su acceso a la tierra?

-  Que el 50 % de las tierras que adjudique el Instituto Colombiano de Desarrollo Rural (o la entidad que asuma sus funciones) se entreguen a mujeres rurales.
-  Que en la formalización de la propiedad de la tierra se dé prioridad a mujeres cabezas de hogar, mujeres en condiciones de vulnerabilidad y pobreza o mujeres víctimas del desplazamiento.
-  Que en la política de ordenamiento territorial se preserven las zonas de producción de la economía campesina.

3. Acceso a financiación: el fondo de fomento para las mujeres rurales

Acceder al capital es imprescindible para que las mujeres puedan desarrollar su potencial y alcanzar la autonomía económica. Existe una brecha de género en el acceso a medios de producción, tales como la maquinaria, pues apenas el 13 % de las explotaciones manejadas por mujeres en áreas rurales dispersas disponen de maquinaria (menos de la mitad que los hombres)[13].

Pero las oportunidades de obtener un crédito, ya de por sí escasas para los pequeños productores (sólo el 5,2 % de los hogares rurales tienen acceso al crédito agropecuario[14]) son casi nulas en el caso de las mujeres. Entre 2005 y 2011 se dieron cerca de 140.000 operaciones de crédito a pequeños productores, de las cuales apenas el 0,5 % se orientaron a mujeres rurales[15]. Además del escaso presupuesto asignado, existen barreras que impiden a las mujeres acceder al crédito institucional, entre ellas los excesivos requisitos, el coste de los trámites, el limitado tiempo para su cumplimiento y el hecho de no tener en cuenta las particulares condiciones del medio rural.

El Estado colombiano no asigna suficientes recursos para atender las necesidades de las mujeres rurales y la cobertura de los programas es muy deficitaria. Por citar un ejemplo, el Programa Mujer Rural del MADR entre 2011 y 2013 apenas brindó asistencia al 0,18 % de las mujeres rurales en situación de pobreza[16]. Para dar respuesta a la necesidad de acceso a financiación, en 2002 fue creado el Fondo de Fomento para las Mujeres Rurales (FOMMUR) como una cuenta especial del MADR. Su objetivo consiste en apoyar programas, planes y proyectos que consoliden la participación social y económica de las mujeres rurales y sus organizaciones[17]. Pero doce años después de creado este fondo, todavía no ha comenzado a operar.

¿Qué proponen las mujeres rurales para ampliar su acceso al crédito?

-  Que al menos el 10 % del presupuesto de inversión del Ministerio de Agricultura y Desarrollo Rural se destine al FOMMUR, específicamente a capital semilla, fortalecimiento organizativo y capacitación.
-  Que se cree un fondo de rescate para las mujeres rurales que han quedado endeudadas debido a situaciones de despojo, desplazamiento o afectaciones por fenómenos climáticos.

4. Economía del cuidado

Las mujeres rurales colombianas asumen una triple jornada de trabajo que incluye actividades de cuidado del hogar, actividades laborales fuera del hogar y participación en asociaciones comunales y vecinales. En promedio dedican más de ocho horas al día a actividades no remuneradas (una hora más que las mujeres urbanas) frente a las tres horas que dedican los hombres[18].

Un estudio realizado por Oxfam en el área rural muestra cómo las mujeres rurales dedican el doble de horas que los hombres a las tareas del cuidado y trabajan más horas al día cuando se incluyen las labores del cuidado y el trabajo remunerado fuera del hogar[19]. Pese a tratarse de un bien social imprescindible, las cuentas nacionales no reconocen el valor económico de las actividades del cuidado, un trabajo que, de ser remunerado, equivaldría al 19,3 % del PIB nacional, superando a las exportaciones (que representan un 16,3 % del PIB)[20].

En el caso de hogares sin acceso adecuado a energía, agua potable o alcantarillado –una situación frecuente en el ámbito rural– estas tareas demandan mucho más tiempo y esfuerzo y suponen una sobrecarga de trabajo que limita las posibilidades de acceder a un empleo, estudiar o descansar. También tienen consecuencias para la salud, como las afecciones respiratorias que aquejan a las mujeres que utilizan cocinas de leña.

¿Qué proponen las mujeres rurales sobre la economía del cuidado?

-  Que los Ministerios de Ambiente y Vivienda garanticen la cobertura de servicios de electrificación, agua potable y acueductos, para reducir el esfuerzo y el tiempo que invierten las mujeres rurales en actividades de cuidado.
-  Que las entidades del sector agrario y el SENA adecúen su oferta a la carga de cuidado de las mujeres rurales, con horarios flexibles y servicios complementarios como guarderías y centros de cuidado de personas mayores y en situación de discapacidad.

5. Institucionalidad y participación

La participación de las mujeres en la política y los espacios públicos de toma de decisiones sigue siendo muy desigual respecto a los hombres. Pese a que desde el año 2000 la ley establece un mínimo de participación femenina del 30 % en los órganos de decisión del poder público[21], esta cuota se incumple sistemáticamente a nivel territorial. Las mujeres están ausentes en las estructuras donde se decide acerca de las políticas, planes, programas y proyectos que las afectan directamente. Y cuando se las invita a participar no suelen tener una función decisoria sino meramente testimonial.

El ámbito rural no es una excepción. La institución rectora de los asuntos agrarios, el Ministerio de Agricultura y Desarrollo Rural, no ha logrado incorporar satisfactoriamente la perspectiva de género en su accionar, lo que ha significado una atención poco acertada de las demandas y necesidades de las mujeres rurales. La mayoría de los funcionarios y funcionarias desconocen la normativa que protege los derechos de las mujeres rurales y no han sido sensibilizados ni capacitados al respecto.

Por otro lado, este ministerio no cuenta con un sistema de información y rendición de cuentas que permita conocer cuál es la situación de las mujeres rurales en materia de acceso a la tierra y otros activos productivos, su participación en las actividades agrícolas o su acceso a sistemas de extensión o servicios de crédito. Los datos no se presentan desagregados por sexo, están fragmentados, son escasos y desactualizados.

Distintos factores institucionales, culturales y políticos dificultan la inclusión y el reconocimiento de las mujeres y se manifiestan, entre otras cosas, en la ausencia de programas con perspectiva de género, la falta de presupuesto público orientado a sus necesidades, la insuficiente normativa que garantice la adecuada representación de las mujeres y las prácticas clientelares en las instituciones. Por ejemplo, el Programa Mujer Rural fue diseñado y planificado sin tener en cuenta las visiones y propuestas de las mujeres rurales ni de sus organizaciones en los territorios.

¿Qué proponen las mujeres rurales para mejorar la participación y el funcionamiento de las instituciones?

-  Que el MADR desagregue la información sobre ejecución de recursos por tipo de productor (pequeño, mediano y grande) y por sexo, para garantizar el seguimiento y evaluación de las políticas públicas dirigidas a las mujeres rurales.
-  Que se cree la Dirección de Mujer Rural y se dote de presupuesto, metas, capacidad técnica y de decisión[22], y que se establezca un Sistema de Información sobre la Mujer Rural.
-  Que las mujeres rurales estén representadas en las Juntas Directivas y espacios de decisión de las siguientes instituciones: Incoder o la entidad que haga sus veces, Finagro, la Comisión Nacional de Crédito, las Corporaciones Autónomas Regionales, la Autoridad Nacional de Licencias Ambientales, las entidades encargadas de la investigación y transferencia de tecnología, como, por ejemplo: Corpoica, SENA y Conciencias, entre otras.
-  Que los informes de rendición de cuentas de estas entidades incluyan los resultados, metas y presupuesto de los programas dirigidos a las mujeres rurales.

Aprendizajes y retos del proceso de articulación e incidencia de las mujeres rurales

La movilización en torno a objetivos comunes ha permitido a las mujeres rurales influir sobre el Plan Nacional de Desarrollo 2014 - 2018, introduciendo el inciso (h) del artículo 107 y el artículo 232, los cuales obligan al Estado colombiano a crear una Dirección de la Mujer Rural, desarrollar una política pública integral de forma participativa, y adoptar las medidas necesarias para dar cumplimiento a la Ley 731 de 2002 o Ley de las Mujeres Rurales. Este importante logro ha sido el resultado de un esfuerzo de largo plazo, en el cual las mujeres rurales han fortalecido sus capacidades para participar activamente en los espacios de decisión y situar sus demandas en la agenda política.

Algunos factores clave que lo han hecho posible son:

-  La capacidad de alcanzar consensos superando las diferencias inevitables entre organizaciones de mujeres y mixtas con necesidades muy diversas, pero que comparten una visión y objetivos comunes.
-  El esfuerzo por llegar a formular propuestas concretas a partir del planteamiento general hacia una mayor igualdad de derechos y oportunidades, lo cual ha sido clave para avanzar paso a paso en la interlocución con el Gobierno.
-  El desarrollo de una interlocución con las mujeres congresistas, obteniendo el apoyo generalizado de la bancada de mujeres por encima de las diferencias partidistas, un apoyo fundamental en la inclusión del inciso (h) del artículo 107 y el artículo 232 en el Plan Nacional de Desarrollo aprobado por el Congreso.
-  La puesta en marcha de una estrategia comunicativa para hacer llegar su voz, visibilizar la problemática y obtener mayor reconocimiento social y empatía hacia las demandas de las mujeres rurales. Para ello se desarrollaron mensajes breves y efectivos, se fortalecieron las capacidades en comunicación, se recurrió a los medios masivos y las redes sociales, y se llevaron a cabo acciones novedosas para atraer la atención de la opinión pública y tomadores de decisión.

Se trata de un proceso en desarrollo, a lo largo del cual han ido madurando las propuestas y se han ido tejiendo las alianzas en base a objetivos de incidencia muy específicos. Uno de los principales retos consiste en generar un consenso aún mayor, manteniendo la diversidad al tiempo que se construyen territorialmente propuestas más específicas que atiendan las particularidades sociales y étnicas de cada colectivo.

Otro reto es lograr que la igualdad legal se traduzca en una igualdad real, pues hasta ahora la existencia de leyes y documentos de políticas no ha garantizado su cumplimiento. Se requiere que las mujeres rurales ejerzan una presencia mayor en los espacios de control político y presupuestario, para forzar a que el Estado ponga en marcha acciones efectivas y asigne la necesaria dotación presupuestaria, fundamentalmente, en los consejos departamentales de planeación y en el comité interinstitucional que se ocupa de dar seguimiento a la reglamentación y desarrollo de la Ley 731, y en el cual participan organizaciones de mujeres rurales a través de las mesas temáticas de seguimiento a la aplicación de la Ley.

En definitiva, se trata de que las mujeres rurales puedan vivir en el campo dignamente. Se ha dado un paso muy importante al influir sobre el Plan Nacional de Desarrollo, y ahora lo que toca es hacerlo realidad. Para ello se necesita una articulación de las mujeres rurales que se mantenga activa, fuerte y amplia, que sea capaz de hacerse oír y exigir al gobierno colombiano que cumpla con sus obligaciones para avanzar en igualdad hacia la paz y el desarrollo.

Fuente: Revista Semillas N° 65/66 - Diciembre de 2016. 41-47 pp.



[1] Documento elaborado para Oxfam por Arantxa Guereña a partir de las propuestas del espacio de articulación de las mujeres rurales y los aportes de Gloria Montoya. Programa Igualdad y Desarrollo Territorial de las Mujeres Rurales. C.e: lgomez@oxfam.org.co - gmontoya@oxfam.org.co
[2] Por ejemplo, según el documento CONPES Social 161, Equidad de Género para las Mujeres, la participación de las mujeres colombianas en la agricultura, la ganadería y la pesca es apenas del 16 %.
[3] Agricultura Colombiana: Adaptación al Cambio Climático. Charlotte Lau, Andy Jarvis y Julina Ramirez. En CIAT: Políticas en Síntesis No. 1, mayo de 2011.
[4] Cálculos propios basados en datos de exportaciones disponibles en UN Comtrade Datábase (http://comtrade.un.org/data/) consultado el 12 de octubre de 2015.
[5] Convenido 169 de la OIT sobre Pueblos indígenas y tribales, 1989.
[6] Carlos Salgado, Estado del arte políticas públicas cambio climático, 2014.
[7] Datos del Censo Agropecuario 2014, disponibles en http://www.3ercensonacionalagropecuario.gov.co/content/bolet%C3%ADn-no-1 (consultado en octubre de 2015).
[8] Instituto Geográfico Agustín Codazzi (2012) Atlas de la distribución de la propiedad rural en Colombia.
[9] Centro Nacional de Memoria Histórica (2013) ¡Basta ya! Colombia: memorias de guerra y dignidad.
[10] Cifras de la Comisión de Seguimiento a la Política Pública sobre Desplazamiento Forzado, citado en FAO (2011). Pg. 156.
[11] Censo Nacional Agropecuario 2014: Mujeres en el área rural dispersa colombiana. Resultados entrega 7 – 13 octubre 2015.
[12] Incoder (2012) número de familias por jefatura de hogar, adjudicatarias de baldíos. Total, Nacional. 2003 – 2012. Datos a 31 de agosto de 2012.
[13] Censo Nacional Agropecuario 2014: Mujeres en el área rural dispersa colombiana. Resultados entrega 7 – 13 octubre 2015.
[14] DANE 2011.
[15] PNUD (2011) Op cit.
[16] Programa Mujer Rural, Avances, Obstáculos y Desafíos: documento elaborado para Oxfam por Carlos Vargas y Norma Villarreal.
[17] Los recursos de FOMMUR pueden ser utilizados para “la divulgación y capacitación sobre el acceso al crédito, la promoción y la formación de planes, programas y proyectos a favor de las mujeres rurales, así como, para la asistencia técnica, comercial y gerencial de los mismos”. Artículo 10 de la Ley 731 de 2002.
[18] Según datos de la Encuesta Nacional de Uso del Tiempo (ENUT) 2013, citados en el IV Informe de seguimiento al CONPES Social 161 “Equidad de Género para las Mujeres”, Bogotá D.C. marzo de 2015, pg. 12.
[19] Diagnóstico sobre economía del cuidado en Boyacá, Oxfam, 2015.
[20] Estudio realizado por Ximena Peña y Camila Uribe, Universidad de los Andes, 2013.
[21] Ley 581 de 2000 (mayo 31) por la cual se reglamenta la adecuada y efectiva participación de la mujer en los niveles decisorios de las diferentes ramas y órganos del poder público, de conformidad con los artículos 13, 40 y 43 de la Constitución Nacional y se dictan otras disposiciones.
[22] La obligación de crear la Dirección de Mujer Rural, establecida en la Ley 1753 de 2015 por la cual se expide el Plan Nacional de Desarrollo 2014 - 2018, supone un importante logro del movimiento de mujeres rurales. Éstas han desarrollado propuestas en cuanto a cuáles deberían ser sus objetivos, estructura y funcionamiento.