2 de febrero de 2026

La Revolución Dule en Gunayala: 100 años de dignidad, memoria y desafíos

Geodisio Castillo

Banderas del pueblo gunadule y de la rebelión ondean, Gagirgordub. Foto: Gubiler, 2025

La historia de los pueblos indígenas en Abiayala (América Latina y el Caribe) está marcada por la resistencia y resiliencia. En Panamá, esa resistencia tomó forma en la Revolución Dule de 1925, cuando el pueblo gunadule se levantó contra la imposición cultural y política del Estado-nación. Aquel grito de dignidad no fue un episodio aislado, sino el inicio de un camino que aún hoy sigue marcando la vida en la comarca Gunayala.

Un siglo después, la pregunta inevitable es: ¿qué ha pasado en Gunayala? ¿Hemos avanzado o seguimos atrapados en las mismas tensiones? La respuesta no es simple. Gunayala es un territorio de fortalezas culturales y políticas, pero también de debilidades que reflejan la influencia occidental y los retos de la “modernidad”. Este ensayo busca reflexionar sobre ese legado, sobre lo que hemos ganado y lo que aún nos falta, y sobre cómo podemos transformar la memoria en motor del mañana.

La Revolución Dule: un grito de dignidad

La Revolución Dule fue más que un levantamiento armado. Fue la afirmación de un pueblo que se negó a desaparecer. En los años 20, el gobierno panameño intentó prohibir las prácticas culturales gunadule: las molas, las ceremonias, el dulegaya. La respuesta fue contundente: entre el 21 y el 27 de febrero de 1925, los gunadule se rebelaron, proclamaron la República Tule y lograron negociar el respeto a su autonomía.

Ese momento histórico consolidó la identidad gunadule como una fuerza política y cultural. La Revolución Dule no solo defendió la tradición, sino que abrió el camino para la creación de la Comarca Gunayala, reconocida oficialmente en 1938. Fue, en palabras de muchos líderes, “la semilla de la autonomía indígena en Panamá”.

Gunayala hoy: luces y sombras

En nuestra comarca, Gunayala, seguimos caminando con la memoria de nuestros abuelos y abuelas, con la fuerza de la Revolución Dule que nos enseñó a defender lo que somos. Hoy, después de tantos años, podemos mirar con orgullo algunas luces que nos acompañan, pero también reconocer las sombras que nos retan.

Las luces que nos sostienen

Nuestra autonomía política es una de las mayores riquezas. No dependemos de otros para decidir cómo queremos vivir. Los congresos locales y el Congreso General son espacios donde la palabra se comparte, donde las decisiones se toman colectivamente, como lo hicieron nuestros mayores. Esa forma de gobernarnos es única en la región y nos recuerda que la unidad es nuestra fuerza.

También hemos aprendido a hablar de bioculturalidad como herramienta política, un concepto que para nosotros no es teoría, sino práctica diaria. Significa que defender la tierra, los bosques y el mar es también defender nuestra cultura, nuestro idioma, nuestras molas y nuestras ceremonias. Así, Gunayala se sostiene como territorio autónomo y se hace escuchar en debates globales sobre ambiente y derechos indígenas.

Nuestra identidad cultural sigue viva. El dulegaya se escucha en las casas, en los cantos y en las ceremonias. Las molas, con sus colores y formas, cuentan historias que no se olvidan. Las prácticas espirituales nos conectan con la naturaleza y con los espíritus que nos guían. Todo esto se transmite de generación en generación, como un fuego que no se apaga.

El territorio protegido es otra de nuestras fortalezas. Mientras en otros lugares los bosques desaparecen, en Gunayala aún se conservan. Somos una Comarca de la Biosfera, y eso no es casualidad: es fruto de nuestra forma de vivir, de respetar la tierra como madre.

Por todo esto, nuestra resistencia se ha convertido en un ejemplo regional. Otros pueblos indígenas en Abiayala miran hacia Gunayala y encuentran inspiración en nuestra lucha, en nuestra manera de mantener la dignidad frente a las presiones externas.

Las sombras que nos desafían

Pero también sabemos que no todo es luz. Nuestra economía es limitada. Dependemos mucho del turismo y de las artesanías, y eso nos hace vulnerables. Falta diversificación, falta pensar en nuevas formas de producir sin perder nuestra esencia.

La influencia occidental es otra sombra. Nuestros jóvenes viven entre dos mundos: el de la tradición y el de la modernidad. A veces, el dulegaya se va perdiendo, y con él se van costumbres que nos sostienen. Es un reto grande mantener viva la cultura en medio de tantas presiones externas.

En educación y salud todavía hay brechas. No siempre tenemos acceso a los mismos servicios que el resto del país, y eso genera desigualdad. Nuestros niños y niñas merecen escuelas con recursos, nuestros enfermos merecen atención digna.

Duleina, nuestra propia medicina botánica, sigue presente en la vida de las comunidades, pero muchas veces no se le da el valor que merece. El conocimiento ancestral que guardan nuestros sabios y sabias es profundo, y, sin embargo, se mira con poca importancia frente a lo que viene de afuera. Existe la Ley 17, que habla de la protección de la medicina indígena, pero en la práctica casi no se aplica. Aun así, el Congreso General de la Cultura Guna hace su esfuerzo por fortalecer Duleina, recordándonos que en esas plantas y saberes está la salud y la memoria de nuestro pueblo. 

El sistema de producción agroforestal de nainu familiar todavía se mantiene, pero sus prácticas poco a poco se van olvidando. Desde siempre ha sido la base que alimenta a la población gunadule, y es también un ejemplo claro de solución climática verdadera, distinta de esas falsas soluciones que muchas veces se nos quieren imponer desde afuera. El nainu es más que producción: es relación con la tierra, con los árboles, con el agua, con la vida misma.

La crisis climática nos golpea fuerte. El mar está subiendo y amenaza nuestras islas. Algunas comunidades ya piensan en reubicarse, y eso duele, porque dejar la isla es dejar parte de la historia, parte de la memoria que nos sostiene. Pero si tenemos que movernos, esas reubicaciones deben hacerse desde nuestra propia realidad, preguntándonos juntos cómo queremos vivir, sin olvidarnos de nuestra cultura, sin perder lo que nos hace ser gunadule. El proceso es complejo y costoso, y traerá problemas sociales, culturales, económicos y ambientales; por lo que debe reflejar una conciencia ambiental profunda que forme parte de la cosmovisión gunadule.

Reflexión comunitaria

Así es Gunayala hoy: un territorio de luces y sombras. Tenemos fortalezas que nos llenan de orgullo, pero también debilidades que nos llaman a la acción. La tarea es seguir caminando juntos, fortaleciendo lo que nos sostiene y enfrentando lo que nos amenaza. Porque la dignidad que defendieron nuestros abuelos en la Revolución Dule no puede quedarse en el pasado: debe ser la guía para nuestro presente y nuestro futuro.

Reflexión: ¿hemos avanzado?

La respuesta es doble. Sí, hemos avanzado en autonomía y preservación cultural. Gunayala sigue siendo un territorio donde la dignidad indígena se defiende con fuerza. Pero no hemos avanzado lo suficiente en desarrollo económico, infraestructura y adaptación climática.

La paradoja es evidente: pregonamos nuestra identidad, pero la globalización erosiona prácticas ancestrales. Defendemos nuestro territorio, pero el mar avanza sobre nuestras islas. Celebramos nuestra cultura, pero los jóvenes se sienten atraídos por modelos occidentales que a veces desprecian lo propio.

Caminos de mejora

1.     Fortalecer la educación bilingüe: Integrar saberes ancestrales con conocimientos "modernos" para que los jóvenes valoren su cultura sin quedar rezagados.

2.     Diversificar la economía: Promover proyectos sostenibles como agricultura ecológica, o la agroforestería de nainu familiar, turismo comunitario, pesca artesanal y energías limpias.

3.     Defensa ambiental activa: Convertir la lucha contra la crisis climática en bandera internacional, buscando apoyo global.

4.     Revalorar dulegaya: Incentivar su uso en medios, escuelas y espacios públicos.

5.     Unidad intergeneracional: Crear puentes entre mayores y jóvenes para que la transmisión cultural sea más fuerte que la influencia externa.

Conclusión: memoria como motor del mañana

La Revolución Dule fue un grito de dignidad. Hoy, ese grito debe transformarse en acción renovada. Gunayala no solo recuerda su historia, la vive cada día. El desafío es que la memoria no se convierta en nostalgia, sino en motor del mañana.

El pueblo gunadule tiene la oportunidad de demostrar que la autonomía indígena es compatible con el desarrollo, que los conocimientos ancestrales pueden dialogar con la modernidad sin perder esencia, y que la dignidad cultural puede ser la base de un desarrollo endógeno sostenible.

A cien años de la Revolución Dule, Gunayala sigue siendo un territorio de resistencia y esperanza. La pregunta no es si hemos avanzado, sino cómo queremos avanzar. La respuesta está en nuestras manos, en nuestra memoria y en nuestra capacidad de transformar la herencia de nuestros ancestros en un proyecto de vida para las generaciones futuras.

 

1 de febrero de 2026

El sistema nainu de agricultura familiar: semillas de la memoria social y de la autonomía alimentaria en Gunayala (Panamá)

 

Nainu familiar en la comunidad de Mandiyala, Gunayala. Foto: Gubiler, 2013

Aterrizaje: la economía alimentaria en Gunayala

El aire en el inna nega (casa de chicha) estaba impregnado del dulce aroma fermentado del maíz, mientras un pájaro blanco permanecía inmóvil durante los cuatro días del inna suid, festival que marca un ciclo vital femenino en Gunayala. La atmósfera se tejía de alegría, duelo colectivo y comunión espiritual. Nosotros, los autores de este artículo, hemos estado presentes en múltiples momentos en Gunayala, acompañando desde trayectorias personales y académicas los procesos cotidianos, las ceremonias y la memoria compartida por las comunidades gunadules.

Esta escena, aunque no excepcional, nos marcó como un momento de encuentro, escucha y transformación. Esa noche, uno de nosotros se sentó junto a una mujer mayor que, con brazos y piernas cruzados en posición meditativa, susurraba en dulegaya: yeer an iddoged, yeer an iddoged (“me siento feliz”). Un hombre se acercó repitiendo la frase con entusiasmo. Luego, dirigiéndose a nosotros, explicó que en Gunayala se vive en tranquilidad, en paz. Nos ofreció un cigarrillo en gesto de afecto y preguntó si conocíamos al famoso futbolista que ese año jugaba por primera vez en un Mundial y lideró la remontada de su equipo hasta la victoria en el partido inaugural. Aunque la pregunta parecía trivial, desencadenó una reflexión profunda. Al responder que este futbolista era una figura distante, inaccesible para la mayoría en su país, el hombre llamó a sus amigos y comentó con asombro su descubrimiento acerca de los wagas (“extranjeros”): en algunas naciones, al parecer, la gente común no conoce a sus estrellas.

La conversación viró hacia una crítica sobre la alienación relacional ante el dinero, las desigualdades, las barreras sociales y sus consecuencias. “Aquí la comida es totalmente gratuita”, nos dijo entonces el hombre. Con una mirada sincera, formuló entonces una pregunta que aún nos interpela: ¿cómo es vivir en un lugar donde se tiene que pagar para comer?

El silencio que siguió fue elocuente. El hombre se abrazó a nosotros y rompió en llanto, conmovido por lo que percibía como una vida sin paz. Rodeados por cantos, flautas y danzas ceremoniales, compartíamos su lucidez y su dolor. Desde nuestras propias contradicciones aceptamos que vivir en un mundo donde el acceso a todos los alimentos está mediado por el dinero es también vivir bajo la violencia estructural.

Este breve relato etnográfico revela una divergencia profunda en la manera de concebir el sustento: mientras en Gunayala la comida compartida y la conexión con la Tierra se viven como derechos relacionales y prácticas de autonomía, una lógica transaccional y mercantilizada de la vida predomina en los contextos wagas. Este contraste nos conduce al problema teórico central de este artículo: cómo el sistema agroforestal gunadule nainu y los relatos míticos asociados ofrecen claves para repensar las relaciones humano-planta y la justicia ambiental en tiempos de crisis ecológica.

Gunayala es uno de los territorios autónomos del pueblo gunadule, ubicado en la vertiente caribeña de Panamá. Se extiende sobre más de 300 islas y una franja continental de selvas húmedas, articulando relaciones entre el mar, los ríos y los bosques tropicales. Este territorio posee un régimen político propio reconocido por el Estado panameño desde 1938, y mantiene una organización comunitaria basada en los Congresos Generales y locales, donde se orientan las decisiones colectivas (Valiente 2002). En este entramado social, ecológico y espiritual se enraíza el sistema agroforestal familiar nainu, entendido no solamente como una técnica de producción agrícola, sino como expresión vegetal de la mutualidad en la cosmología gunadule de la dependencia recíproca cotidiana.

La crisis socioambiental contemporánea ha puesto en cuestión los fundamentos de la agricultura industrial y los sistemas alimentarios globales. Afectando de manera particular a los pueblos indígenas, la expansión agroindustrial en América Latina ha producido degradación de suelos y pérdida de biodiversidad. Frente a ello, el caso gunadule constituye una alternativa que combina autonomía alimentaria, espiritualidad y relacionalidad con el entorno.

El nainu se distingue por prácticas de cultivo diversificadas que articulan una ética de cuidado transmitida en mitos, cantos y rituales. En este entramado, el mito de Baluwala, que narra el origen de las semillas y la transmisión del conocimiento agrícola, no funciona únicamente como un relato cosmológico: se actualiza constantemente en prácticas concretas que sostienen la vida cotidiana y la memoria comunitaria. Como sugiere Rival (2021), recordar la importancia de los mitos es crucial para enfrentar las crisis planetarias, pues las comunidades humanas siempre han recurrido a ellos para imaginar cómo mantener el mundo habitable; en el caso gunadule, esta perspectiva resuena de manera clara, pues el mito no solo explica el pasado, sino que orienta las decisiones agrícolas presentes, definiendo qué sembrar, cuándo rotar suelos y cómo cuidar el territorio. Analizar cómo mito y práctica se co-implican permite iluminar formas de conocimiento que cuestionan la hegemonía agroindustrial y abren horizontes alternativos, donde cultivar es también recordar y proyectar futuros posibles.

El análisis de los sistemas agrícolas indígenas se ha vuelto central en el llamado “giro vegetal” en antropología, que reconoce a las plantas como agentes y maestras de la vida social. Vozes Vegetais (Oliveira et al. 2021) invita a escuchar a las plantas y reconocer su agencia, proponiendo una ética de cohabitación y contigüidad con el mundo vivo; este abordaje resuena profundamente con las cosmotécnicas agrícolas gunadules.

Diversos autores han insistido en que, para comprender la crisis actual, debemos escuchar las voces del mundo vegetal y de quienes conviven con él. Por ejemplo, Descola (2022) propone entender las relaciones con las plantas desde una ontología animista, en la que suelos y cultivos poseen agencia y capacidad de relación.

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DOI: https://doi.org/10.70845/2572-3626.1438

Available at: https://digitalcommons.trinity.edu/tipiti/vol21/iss2/3