13 de junio de 2018

Sistema agroalimentario, fresas y agroecología


Explotación Laboral

¿Qué puede aportar la agroecología al debate sobre el sistema agroalimentario global y migraciones?


En estos últimos días hemos sido testigos de dos dramáticos hechos que azotan el Sur de Europa: el asesinato de Soumayla Sacko,sindicalista defensor de migrantes jornaleros en la plana de Gioia Tauro, Calabria (Italia), posiblemente vinculado al racismo estructural que campa a sus anchas en una Europa cada vez más fascista, y el descubrimiento de las sistemáticas violaciones por su condición de mujeres y migrantes en la producción de fresas en Huelva, Andalucía.

              TERESA PALOMO

Ambos casos empujan a reflexionar sobre la injusticia imperante en la que se asientan las cadenas agroalimentarias globales dentro del régimen agroalimentario de las corporaciones.

Como indica Alessandra Corrado de la Universidad dela Calabria, los elementos que entran en juego en esta agricultura industrial sobre la que depende parte de las economías del Sur de Europa ponen en evidencia la explotación de mano de obra hasta puntos inimaginables aunque invisibles a la opinión pública hasta ahora, y el cruce entre la opresión de género, raza y clase, necesaria para que este sistema agroalimentario global siga funcionando.

Al escuchar los testimonios de los empresarios de la fresa y en general de la agricultura industrial, vemos cómo la alusión a la rentabilidad de la producción agraria resulta recurrente a la hora de excusar esta situación: producir alimento en este régimen alimentario solo resulta rentable económicamente si es basado en la intensificación agresiva y violenta, es decir utilizando mano de obra casi gratuita y mermando los recursos ecológicos del territorio para subsistir.

El sistema agroalimentario solo es posible si consideramos la existencia de lo que Maristella Svampa llama “zonas de sacrificio”, lugares donde el desarrollo económico se prioriza por encima de cualquier otro principio

La estructura oligopólica de los mercados globales empuja a estos esquemas de funcionamiento sexista y racista, donde la productividad de la tierra se paga con sangre. Para no caer en juicios banales sobre el tema, es preciso echar un vistazo al orden económico global, que impulsa una explotación estructural y sistemática de sujetos migrantes que proceden de países empobrecidos o con situaciones políticas precarias y lábiles.

La socióloga Saskia Sassen explica que nos encontramos en una fase de capitalismo avanzado dentro de los procesos neoliberales, que se basa en lógicas “extractivas” en lugar del consumo de masas. En otras palabras, la extracción sustituye el consumo de masas como lógica dominante, es decir que el consumo de masas mantiene su importancia fundamental pero sin ser capaz de generar nuevos órdenes sistémicos como en el siglo XX.

Unos de los expertos en extractivismo, Alberto Acosta, afirma que este nuevo sistema económico dominante basado en el extractivismo focaliza la explotación en los recursos primarios y con una lógica que resulta ser un mecanismo de saqueo y apropiación colonial. De hecho, el sistema agroalimentario se asienta sobre distintos formatos de extractivismo, y solo es posible si consideramos la existencia de lo que Maristella Svampa llama “zonas de sacrificio”, lugares donde la ley que impera es la de priorizar el desarrollo económico por encima de cualquier otro principio.

Asimismo, la autora argentina nos sugiere que el extractivismo se propone como modelo de “ocupación territorial” que desplaza otras economías al competir por la utilización de agua, energía y otros recursos, generando dinámicas territoriales excluyentes. La violencia intrínseca de tal sistema resulta determinar una “cultura de la muerte” cono indica Vandana Shiva, ejerciendo un verdadero ecocidio al destruir la vida en todas sus formas.

Vandana Shiva: "Este sistema ha destruido el 75% del planeta; si sigue nos dejará un planeta muerto"
GLADYS MARTÍNEZ LÓPEZ


Sin eximir la agencia de los empresarios sobre los que cae esta responsabilidad, en un régimen alimentario donde las grandes corporaciones copan el mercado de insumos, semillas, fertilizantes y canales de comercialización, el modus operandi de la agricultura empresarial solo puede entenderse con estas prácticas cortoplacistas, que no solamente se asientan sobre la falta de solidaridad y con el futuro de nuestros recursos naturales, sino sobre todo en la violencia material e inmaterial contra personas que presentan condiciones vulnerables, con el fin de controlar recursos y territorio.

En este contexto, no podemos hacer menos que apostar por la soberanía alimentaria como proyecto político transformador, y la agroecología como forma de generar cadenas agroalimentarias justas. Ésta última, la agroecología, bebe desde multitud de orígenes geográficos en donde surgen oposiciones ante este régimen agroalimentario corporativo bajo forma de luchas diarias ancladas en los territorios. De hecho, allí donde las prácticas extractivas son más agresivas se observan una gran cantidad de casos de resistencia.

Un ejemplo muy cercano son los casos en Latinoamérica, donde el entrecruzamiento entre saberes campesinos, cosmovisiones locales, ciencia e identidades territoriales, dan forma a un proyecto político que cada vez más se asienta en propuestas de cambio socioecológico reales. La histórica conexión colonial, migratoria y de lenguaje que mantenemos con América Latina, nos permite sentir cercanas sus luchas e inspirarnos en ellas, tejiendo redes de intercambio que enriquecen la resistencia.

Un claro ejemplo es el espacio generado en el posgrado de Agroecología de Baeza, Jaén, donde desde hace más de veinte años convergen estudiantes, activistas e investigadoras ibéricas y latinoamericanas, donde las experiencias de aprendizaje e intercambio resultan de gran riqueza y soporte mutuo.

Cabe preguntarse si desde la agroecología estamos consiguiendo generar proyectos de vida en el medio rural de manera escalada, que permitan a antiguos y nuevos pobladores asentarse con dignidad

Sin embargo, a pesar de estos espacios de reflexión y alianzas, la agroecología y la soberanía alimentaria necesitan poner en la mesa un debate más profundo sobre la implicación de las y los migrantes en la producción agrícola, donde el abordaje del tema resulta aún demasiado marginal.
Por otro lado, al empezar a estar “de moda”, la agroecología debe afrontar un nuevo reto: la cooptación capitalista. En efecto, donde antes se tachaba de ilusos a las personas implicadas en la agroecología, ahora les llaman a Simposios Internacionales organizados por la FAO.

Este salto, en principio positivo, supone un paso que probablemente necesita más madurez en distintos aspectos que tienen que ver con la traducción de las luchas agroecológicas a nuestros territorios del sur de Europa, a mitad de camino entre un Norte Global dominante y las lógicas extractivas implementadas en el Sur Global, y la generación de alternativas que se articulen desde el conocimiento campesino olvidado y las realidades rurales de la periferia europea.

Sin menospreciar la gran labor que se está realizando en las zonas urbanas, la misma ciudad como gran foco de consumidorxs parte del “carácter transformador del consumo”, que pierde el elemento transformador cuando se confunde agroecología con productos ecológicos industriales, estos últimos consumidos de manera siempre más creciente zonas urbanas.

Hay un matiz relevante aquí: la creciente aunque falsa confianza en el sello ecológico como garante de una producción además de ecológica, socialmente justa, que queda en entredicho cuando ya hay un gran porcentaje de esos campos de fresas onubenses asentados sobre la explotación agresiva de migrantes, y que poseen parte de su superficie en ecológico certificado, seguramente reproduciendo los esquemas que han desencadenado los sucesos de las jornaleras violadas y el sindicalista asesinado.

En todo esto, cabe preguntarse si desde la agroecología estamos consiguiendo generar proyectos de vida en el medio rural de manera escalada, que permitan a antiguos y nuevos pobladores asentarse con dignidad y garantizar sus condiciones de vida. Y mientras tanto, vemos como en casos como el de las y los migrantes en Andalucía y en Calabria, el Sur del Norte, comienzan a funcionar en clave extractivista sin darnos cuenta desde las ciudades.

En este debate, la agroecología tiene que ser un elemento que contemple estas situaciones para revertirlas y combatirlas, no funcionar con esquemas paralelos en donde existen “islas agroecológicas urbanas”, como los grupos y cooperativas de consumo, que sí llegan a generar espacios de confianza y co-responsabilidad en la producción y el consumo agroecológico, pero que coexisten con “zonas de sacrificio”, en donde múltiples tipos de explotación entran en juego de manera habitual. La dura realidad es que estas zonas de sacrificio están haciendo más por frenar el despoblamiento rural de este Norte que la agroecología, sin entrar en la cualidad del proceso.

Afortunadamente existen experiencias optimistas que aunque no lleven la etiqueta de agroecología, sí emplean prácticas agroecológicas y sobre todo aportan a la construcción de Economías Solidarias desde abajo. Tres ejemplos: el primero es el proyecto transformador de La Vía Campesina, que refuerza la construcción desde abajo hacia arriba, contando entre sus filas con las personas migrantes climáticas y jornaleras que conforman gran parte de la mano de obra de esta parte del mundo, y en donde cada vez más se viene dando voz a las mujeres y a su lucha ecofeminista protagonista para resistir y re-existir.

Bajando a realidades más pequeñas, el segundo ejemplo es Riace, Calabria, un pequeño pueblo “tradicional y ecológico” que se basa en la Economía Social y Solidaria asentada mediante la población migrante y local en esquemas de integración; Riace se había despoblado casi completamente y la colaboración para construir una economía local con las y los migrantes ha resultado ser un recurso en vez que un obstáculo.

El último ejemplo son las luchas en la periferia de Atenas, llevadas a cabo por migrantes principalmente de origen caboverdiano, en donde las semillas y prácticas tradicionales que traen son implementadas en pequeños espacios pegados a la carretera de cara a intentar cubrir sus necesidades básicas, una suerte de resistencia agroecológica transmarítima.

Pensar modelos agroecológicos debe necesariamente incluir el romper con un sistema de opresión, con el fin de entender que el escenario donde acontecen las experiencias muchas veces lo es todo: no es lo mismo pensar la agroecología desde el centro que desde la periferia. Pero sobre todo es necesario repensar propuestas agroecológicas desde el Sur de Europa que le den la vuelta a la violencia sistemática racial y de género en la agricultura, planteando soluciones que superen las dramáticas consecuencias del régimen alimentario global.


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